América Latina: nueva ola democratizadora

Eje Global

A raíz de los resultados electorales de la presente década, se dice, en términos ideológicos, que América Latina “gira a la derecha” después de 20 años de “gobiernos de izquierda”: luego del primer lustro de estos años veinte, es clara la nueva tendencia, que comenzó en el 2021 con el triunfo de Guillermo Lasso en Ecuador, y que se confirma con la victoria de José Antonio Kast en Chile en diciembre del 2025, y la toma de posesión de Nasry Asfuro como presidente de Honduras en enero del 2026.  

El inicio de la democratización de la región parece remoto, no tanto porque date de los años ochenta del siglo XX, cuando la marea democrática arrasó con las dictaduras, sino porque en un océano autoritario nadie pareció acordarse de ellas. Después de todo, el oleaje democratizador del último tercio de aquella centuria dejó mal sabor de boca.

Ni siquiera hubo tiempo para festejar. La transición democrática se produjo en el marco de una grave crisis económica y social, y de políticas neoliberales, de ajuste, austeridad, de carácter recesivo, que propiciaron el incremento de la pobreza y la desigualdad (la década perdida), y el postergamiento indefinido de los anhelos por un progreso económico y justicia social. Asimismo, las emergentes elites políticas sólo se repartieron el “pastel democrático”: la corrupción, la ineficacia gubernamental, la inseguridad y la creciente violencia del crimen organizado provocaron un profundo desencanto por la democracia, incluyendo un rechazo total por las elites, los partidos tradicionales y la política en general.

Este fue un campo fértil para la llegada al poder, casi al terminar el siglo XX, de líderes carismáticos, outsiders, y populistas, con promesas de justicia social y soluciones mesiánicas atractivas para las masas, lo cual les facilitó ganar electoralmente.  Con Hugo Chávez, quien se convirtió en el prototipo del neopopulismo latinoamericano, inició un inédito ciclo de presidentes de “izquierda”, aprovechando un entorno favorable por el auge de los commodities, entre ellos el petróleo.

El chavismo gozó de excepcionales condiciones, el boom petrolero, para implantar un régimen caracterizado por: la concentración del poder en el Ejecutivo, incluido el culto a la personalidad; el sometimiento de los demás poderes, y la abrogación de las libertades políticas, el militarismo y la represión; la existencia de un partido de Estado, y la pulverización de la oposición; el estatismo económico beligerante, una política social clientelar de gran envergadura, y una política exterior personalista, con protagonismo regional e internacional. 

Diversos gobernantes latinoamericanos buscaron emular el ejemplo chavista como Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en el Ecuador, y Daniel Ortega, en Nicaragua, quien a la postre, de los dictatorialmente más exitosos, ya que se mantiene em el poder desde el 2007, a excepción claro del caso cubano, que se cuece a parte dentro de los ciclos políticos dictatoriales.  

Justo cuando el mapa latinoamericano estaba pintado de rojo, en México Andrés Manuel López Obrador ganó las elecciones en 2018, en la cúspide del ciclo, aunque a posteriori, se puede decir, en su última etapa. Es decir, el populismo llegó de forma tardía a México, no sólo por haber pasado la favorable coyuntura internacional, sino porque ya eran evidentes los fracasos y retrocesos en materia política, económica y social de este tipo de regímenes. 

El aniquilamiento del Estado de Derecho y de las libertades democráticas; el colapso de las instituciones y su uso faccioso; el despilfarro de los recursos públicos, el endeudamiento ilimitado, y el estrangulamiento de la economía de mercado; la institucionalización de la corrupción y la impunidad, el enriquecimiento voraz de las elites y de la clase política, el envilecimiento de la población, con la compra de cargos, de votos, etc.; el auge del crimen organizado y de la violencia sanguinaria e impune,  son solo algunos de los rasgos del Estado-botín, e incluso de los Narco-estados que han florecido con el populismo.  

En este sentido, al margen de la retórica “antineoliberal, socialista, nacionalista y antimperialista” de la propaganda populista, en términos políticos, los neopopulistas son conservadores, sino es que hasta reaccionarios por retroceder a sus países a etapas predemocráticas. Así, la polarización política actual no estriba en el dilema de una lucha entre “izquierda y derecha” (ámbito meramente ideológico y propagandístico), sino entre “autoritarios y demócratas”, de manera similar a la centuria pasada, aunque ahora en un contexto radicalmente diferente, incluso con cambios dramáticos.

El oleaje democratizador del pasado lustro, en su primera etapa, se dio en el marco de la pandemia y sus secuelas, así como de una crisis política, económica y social legada por el populismo. Se caracterizó, según publicó Erick Lobo aquí en Eje Global, por los triunfos electorales de líderes carismáticos, que encabezaron partidos, coaliciones o movimientos jóvenes (de 16 comicios, 15 fueron ganadas por organizaciones con diez años o menos de existencia formal), que aprovecharon el continuo descredito de ,os gobiernos y la partidocracia. la división de las elites, el desgaste institucional, los escándalos de corrupción, el descontrol económico, entre otros factores que crearon condiciones favorables para la transición o para la consolidación democrática.  

Así, por ejemplo, en Argentina, país con fuerte arraigo populista, y que fue dominado por los peronistas-kirchneristas en este primer cuarto de siglo, el poder les fue arrebatado por Javier Milei en 2023, quien creó, apenas dos años antes, La libertad avanza. Destacado es el caso boliviano, en manos del Movimiento al Socialismo (MAS) de Evo Morales, y que gobernó el país durante casi 20 años, fue derrotado en 2025 por Rodrigo Paz, del Partido Demócrata Cristiano, una vieja agrupación, que a diferencia de otros partidos tradicionales, no había sufrido el desgaste de gobernar.

La realización de elecciones y el reconocimiento de triunfos opositores, incluyendo en aquellas naciones gobernadas por populistas, revela que América Latina recupera el paso democrático, pese a diversos conatos golpistas para escamotear victorias electorales. Y justamente en Honduras, el intento de la mandataria Xiomara Castro por desconocer el triunfo de Nasry Asfuro, por apretado que fuera, reveló la fuerza del efecto Trump para frustrar el golpismo. La política de Trump de reforzamiento hegemónico sobre el continente americano marca la pauta de una segunda etapa del ciclo democratizador.

Aunque ya en el 2025 se manifestó la presión del presidente Donald Trump para sesgar a su favor distintos procesos electorales de la región, es con la “sustracción” del dictador Nicolás Maduro de la presidencia venezolana, su traslado y eventual juicio en Estados Unidos, cuando comienza una nueva era, no sólo con respecto a la democratización, sino en las relaciones del gobierno norteamericano con América Latina en general.  

Más allá de las prioridades geopolíticas, geoeconómicas y hasta político-electorales de Trump, es indudable que su agresivo intervencionismo puede ser un aliado para impulsar la transición democrática en la misma Venezuela, en naciones donde se ha enquistado la dictadura como en Cuba y Nicaragua o en aquellas que el régimen dictatorial está en vías de implantación, particularmente México.  

Habrá que ver el efecto Trump en las próximas elecciones en Colombia y Brasil, y que sus respectivos gobiernos respeten el resultado comicial, aun cuando ello implique que el mapa latinoamericano se sigue pintando de azul. La democracia latinoamericana está rebrotando, pero todavía está débil, especialmente por las condiciones adversas que enfrenta. La moneda sigue en el aire. 

Enrique Villarreal
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Catedrático de la UNAM desde 1984. Doctor en Estudios latinoamericanos, experto en temas de historia de México y América Latina, de política internacional, socialdemocracia y populismo. Autor de 10 libros, entre los que se encuentran: Origenes y nacimiento de la autonomía universitaria en América Latina; Orígenes del pensamiento político en México y Pensamiento Político Socialdemócrata I. Ha sido Columnista del periódico Excélsior y de la revista Capital Político, entre otras. Fundador del Partido Socialdemócrata y Secretario de Ideología por ese partido.

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