Argentina tras el ajuste de Milei. Balance económico de 2025

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Archivo. EFE/EPA/MARTIN DIVISEK

Javier Milei asumió la presidencia de Argentina con una promesa disruptiva: una “revolución libertaria” simbolizada por la motosierra, orientada a recortar de raíz un Estado hipertrofiado y fiscalmente inviable. Dos años después, en 2025, el balance económico de su gobierno se ha convertido en un caso de estudio observado con atención fuera y dentro del país. El giro desde la hiperinflación, el estancamiento productivo y el desorden fiscal hacia una estabilización acelerada plantea una discusión incómoda pero necesaria sobre los límites del modelo previo y la eficacia de un ajuste severo en contextos de crisis crónica.

El avance más visible ha sido la contención de la inflación, el mal endémico de la economía argentina. Al cierre de 2023, la inflación anual superaba el 211 %, con picos mensuales cercanos al 26 %. La estrategia de Milei fue explícita y frontal: un shock fiscal basado en la eliminación de subsidios distorsivos, la paralización de obra pública, el recorte del gasto y el fin del financiamiento monetario del déficit. Para finales de 2025, la inflación anual se redujo a un rango estimado de 30 a 32 %, con registros mensuales estabilizados en torno al 2 o 3 %. No es un logro menor en un país acostumbrado a convivir con la erosión permanente de su moneda. Incluso organismos que anticipaban un colapso inicial reconocen ahora la estabilización y proyectan una inflación aún menor para 2026.

El ajuste tuvo, como era previsible, un impacto recesivo en su fase inicial. El PIB mostró contracción en el primer tramo de 2025, pero la desinflación comenzó a recomponer el poder adquisitivo y la previsibilidad macroeconómica. Los salarios reales registraron incrementos relevantes a partir del segundo trimestre, mientras el tipo de cambio se fortaleció sin crisis, tras la eliminación de controles que durante años desalentaron la inversión y fomentaron mercados paralelos.

En paralelo, el crecimiento económico reapareció con fuerza. Luego de la recesión inducida por el ajuste en 2024, la economía argentina creció entre 5,5 y 5,8 % en 2025, ubicándose entre las tasas más altas a nivel global entre economías de tamaño medio. Sectores como el agro y la energía lideraron el rebote, favorecidos por la desregulación, cambios tributarios y un entorno más amigable para la inversión. El segundo trimestre del año mostró una expansión especialmente dinámica, acompañada por un salto significativo en la inversión privada.

El superávit fiscal fue el ancla del programa. Por primera vez en más de una década, las cuentas públicas cerraron con saldo positivo, cercano al 0,3 % del PIB. Este quiebre con la lógica del déficit permanente cortó el principal canal de emisión inflacionaria y mejoró la credibilidad externa. El respaldo internacional no tardó en llegar: apoyo financiero de Estados Unidos, un nuevo acuerdo con el FMI y una mejora en la calificación crediticia redujeron el riesgo país y reabrieron el acceso a los mercados.

En el plano social, el dato más sensible ha sido la reducción de la pobreza. Desde niveles cercanos al 53 % a comienzos de 2024, la tasa descendió hacia el 31 o 32 % a finales de 2025. La caída es significativa y se explica por la estabilización de precios, la recuperación de ingresos reales y el dinamismo exportador. No obstante, el proceso no estuvo exento de costos. El desempleo aumentó temporalmente, en particular por el ajuste del sector público, y la informalidad sigue siendo un desafío estructural. Aun así, medidas como la liberalización del mercado de alquileres duplicaron la oferta de vivienda, corrigiendo distorsiones que habían expulsado a propietarios y encarecido el acceso.

En el plano político, Milei mantuvo niveles de aprobación cercanos al 50 % pese a protestas y conflictividad social, y su desempeño en las elecciones legislativas de 2025 le otorgó margen para profundizar reformas pendientes. Sin embargo, las tensiones persisten. El enfoque gradual, criticado incluso desde sectores libertarios más ortodoxos, dejó intactas algunas inercias, como la desconfianza en el sistema financiero y la persistencia de grandes volúmenes de ahorro fuera de los bancos. Episodios de volatilidad hacia el cierre del año recordaron que la economía argentina sigue siendo frágil.

Aun con esas limitaciones, el contraste con experiencias recientes es evidente. A diferencia de intentos previos, el gobierno evitó el default, recuperó credibilidad y reinsertó a Argentina en circuitos económicos y geopolíticos más amplios, con un alineamiento claro con Estados Unidos y sus aliados, que ya empieza a traducirse en oportunidades comerciales y tecnológicas.

En síntesis, 2025 puede leerse como el año de consolidación del experimento Milei. No hay milagros ni soluciones mágicas, pero sí evidencia de que un programa de austeridad coherente, aunque socialmente costoso, puede corregir desequilibrios profundos en plazos relativamente cortos. Argentina no necesitaba un mesías, sino reglas claras y consistencia macroeconómica. Milei ha demostrado que el libre mercado puede funcionar incluso en escenarios de crisis prolongada. El desafío, de ahora en adelante, será sostener ese rumbo sin fracturar el tejido social. El mundo observa con atención si esta experiencia es una excepción o el anticipo de un giro más amplio en países atrapados en el estancamiento.

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