
El Foro Económico Mundial de Davos 2026, que se celebra entre el 19 y el 23 de enero en los Alpes suizos, dejó una señal inequívoca: el tiempo del consenso multilateral ha sido sustituido por una lógica de poder explícito. Lo que durante décadas funcionó como espacio de coordinación entre élites políticas y económicas se convirtió, esta vez, en un escenario de tensión abierta, marcado por la presencia del presidente Donald Trump y por el uso directo de la coerción económica como herramienta de política exterior.
La edición de 2026 fue la más concurrida en la historia del foro, con cerca de 3,000 participantes provenientes de más de 130 países. Sin embargo, esa masividad no se tradujo en mayor capacidad de articulación global. Por el contrario, evidenció la fragmentación del orden internacional y el debilitamiento de los espacios tradicionales de gobernanza económica. Davos ya no operó como laboratorio de soluciones compartidas, sino como vitrina de un mundo en disputa.
Trump llegó a Suiza con una delegación estadounidense inusualmente amplia, integrada por secretarios de Estado, asesores de seguridad nacional y figuras clave de su administración. Más allá de su discurso oficial, el eje del foro giró en torno a una amenaza formulada días antes: la imposición de aranceles adicionales del 10 %, con posibilidad de escalar hasta el 25 % a partir de junio, contra exportaciones de ocho países miembros de la OTAN —Dinamarca, Noruega, Suecia, Francia, Alemania, Reino Unido, Países Bajos y Finlandia— si estos no modificaban su postura frente al control estadounidense, total o parcial, de Groenlandia.
La justificación fue directa y sin matices: Groenlandia es, para esta administración, un activo estratégico irrenunciable en términos de seguridad nacional, control ártico y proyección de poder. La advertencia no se presentó como una invitación a negociar, sino como una condición. En Davos quedó claro que, para Washington, la alianza atlántica ya no es un marco normativo que limite el uso de la coerción económica, sino un espacio donde esta puede ejercerse sin complejos.
Europa reaccionó con un discurso de unidad política poco habitual. Desde Bruselas se advirtió que la utilización de aranceles como instrumento de presión entre aliados constituye un error estratégico grave. París endureció el tono, subrayando que el continente no cederá ante la intimidación económica, mientras Copenhague calificó el episodio como un punto de inflexión negativo en las relaciones transatlánticas. La respuesta europea incluyó evaluaciones formales de represalias comerciales y señales políticas, como maniobras militares conjuntas en Groenlandia, que Washington utilizó para reforzar su narrativa de amenaza.
Más allá del choque puntual, Davos 2026 expuso un fenómeno más profundo: la consolidación de la geoeconomía como eje organizador del poder global. El comercio, las inversiones, los recursos estratégicos y las cadenas de suministro dejaron de ser ámbitos técnicos para convertirse en instrumentos directos de presión política. En este contexto, la distinción entre aliados y competidores se vuelve cada vez más difusa.
El foro intentó mantener su agenda tradicional —desigualdad, inteligencia artificial, transición energética—, pero estos temas quedaron subordinados al clima de confrontación. El contraste fue evidente cuando se difundieron datos sobre la concentración extrema de la riqueza global, con un crecimiento acelerado del patrimonio de los multimillonarios, mientras las discusiones sobre empleo, IA y cohesión social parecían incapaces de incidir en decisiones reales. Incluso voces críticas dentro de Estados Unidos cuestionaron abiertamente el impacto interno de esta estrategia, aunque sin alterar el curso de la política presidencial.
Lo ocurrido en Davos no debe interpretarse como un episodio aislado, sino como síntoma de una transformación estructural. Durante décadas, el Foro Económico Mundial representó la arquitectura informal del orden globalista: diálogo, reglas compartidas y coordinación entre élites. En 2026, ese modelo mostró sus límites. El foro ya no define la agenda; la refleja. Ya no genera consensos; exhibe fracturas.
Trump no utilizó Davos para construir acuerdos, sino para marcar líneas rojas. En lugar de negociación multilateral, impuso condiciones. En lugar de diplomacia económica, recurrió a la amenaza comercial. Esta lógica no es improvisada, sino coherente con una visión donde la seguridad nacional —entendida de forma ampliada— se convierte en el ADN de la política exterior y económica estadounidense.
Davos 2026, más que un evento dominado por Trump, fue la confirmación de que el mundo que el foro ayudó a moldear está quedando atrás. En un sistema internacional cada vez más multipolar, fragmentado y competitivo, la geoeconomía ha desplazado al consenso global como lenguaje del poder. Y en ese nuevo escenario, los grandes foros ya no ordenan el mundo: apenas alcanzan a narrar su desorden.



