¿De qué hablamos cuando hablamos de gentrificación?

Eje Global

La gentrificación representa dos caras de una misma moneda. Por un lado, se da como consecuencia de una mejora en la imagen urbana de una zona, que con frecuencia tiene el efecto no deseado de contribuir al desplazamiento involuntario de residentes que, tras las mejoras del barrio, ya no pueden pagar el incremento del alquiler, consecuencia de que este se haya vuelto más atractivo para vivir. Hay que mencionar que el fenómeno de la gentrificación es muy complejo, responde a contextos geográficos y temporales específicos y es relativamente poco común. Es decir, por cada barrio que se gentrifica, hay muchos más que no lo hacen, aun cuando compartan características muy similares.

Recientemente hemos sido testigos de protestas contra la gentrificación en ciudades de diversas latitudes, que han colocado en el centro del debate este fenómeno urbano, el cual tiende a castigar el éxito de barrios que, en su afán de superación, ofertan servicios bien recibidos por el mercado: galerías, boutiques, restaurantes, bares y cafés que apelan a estilos de vida más sofisticados.

Parafraseando al magnífico escritor de relatos cortos Raymond Carver, cabe preguntarse: ¿de qué hablamos cuando hablamos de gentrificación? Para responder a esta pregunta conviene remontarse al concepto de filtering, acuñado a mediados del siglo pasado por el economista del suelo Homer Hoyt.

Este concepto corre, en esencia, en sentido contrario al de la gentrificación. Implica la sustitución de una clase de ingresos altos por otra de menores ingresos, en barrios que con el paso del tiempo pierden atractivo ante el desarrollo de nuevas zonas de la ciudad, más deseables para las generaciones jóvenes de la élite.

¿Cuántas veces no hemos observado en nuestras ciudades vecindarios que han venido decayendo con el paso del tiempo? Como consecuencia, los jóvenes herederos de esas viviendas optan por trasladar su residencia a zonas nuevas, consideradas más atractivas. Además, ante la postergación del matrimonio y la reducción en el número de hijos, parece una decisión racional buscar viviendas que se adapten mejor a las nuevas condiciones sociales.

Hecha esta aclaración, resulta pertinente superar la discusión simplificada del concepto de gentrificación, que suele quedar varada en un choque de clases, donde un grupo de ingresos superiores desplaza involuntariamente a otro con menores recursos económicos de zonas, por lo general, centrales. Para ello, nada mejor que remitirse a Ruth Glass, quien acuñó el término gentrification a principios de la década de 1960, en su artículo Aspectos de cambio.

Como su título sugiere, al analizar Londres, la autora reconoció una profunda transformación urbana marcada por la prosperidad y la afluencia: nuevos edificios, automóviles, cafés y restaurantes y, en general, un flujo creciente y diverso de consumo. También le sorprendió la aparición de “nuevas ocupaciones de clase media”: ingenieros de proyecto, ejecutivos de producción, analistas de sistemas, gerentes de relaciones públicas, entre otros.

Sin embargo, estos cambios no fueron acompañados de un incremento en la movilidad social ni de una distribución más equitativa del ingreso. Por el contrario, señala Glass, los viejos arreglos de clase persistieron. De hecho, constató un encarecimiento de la vivienda provocado, en parte, por una política de reconstrucción urbana en la que la vivienda de la clase trabajadora era ejemplo de diseño y calidad; por la relajación del control de rentas, y por la liberalización de la especulación inmobiliaria. Todo ello transformó Londres en una ciudad accesible solo para quienes estaban “financieramente capacitados” para vivir y trabajar en ella, dando lugar, por primera vez, a lo que denominó gentrificación.

Es indudable que la gentrificación generó externalidades negativas al contribuir al desplazamiento involuntario de la clase trabajadora. No obstante, también es cierto que este fenómeno fue consecuencia de lo que Ruth Glass denominó un “incremento natural” de las actividades económicas y comerciales, asociado en parte a la aparición de nuevas ocupaciones entre jóvenes profesionales cuyos ingresos disponibles facilitaron el surgimiento de un ecosistema diverso de servicios en sus barrios, permitiéndoles estilos de vida más sofisticados. En términos simples, la gentrificación puede entenderse como una manifestación del progreso.

A esta altura resulta claro que la gentrificación es consecuencia de la renovación urbana y está vinculada a la innovación de personas talentosas que invierten en los barrios, volviéndolos más atractivos para vivir al diversificar la oferta de servicios. Ello implica, además, la generación de empleos e impuestos que permiten a muchas personas salir de la pobreza y a los gobiernos financiar servicios públicos. Por supuesto, existe un lado indeseable: el desplazamiento de quienes, ante el aumento de las rentas, ya no pueden permanecer en esas zonas.

Sin embargo, parece un despropósito prescindir de toda la energía y el talento innovador de emprendedores dispuestos a invertir de manera legítima en nuestras ciudades, mejorándolas como espacios para vivir, con el único fin de evitar el encarecimiento de algunos barrios, fenómeno que, en última instancia, responde a la ley básica de la oferta y la demanda.

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Doctor en estudios urbanos por la Portland State University; maestro en desarrollo sustentable internacional por Brandeis University y maestro en Gestión Pública por el ITESO. Sus líneas de investigación son la movilidad sustentable, la vivienda y el desarrollo urbano con énfasis en diseño y apropiación del espacio público. Ha sido funcionario de los 3 órdenes de gobierno en México. Actualmente es académico de la ESARQ y Consultor en políticas urbanas.

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