
En la historia de la humanidad, los recursos naturales han sido motores de poder. El carbón impulsó la Revolución Industrial, el petróleo definió la geopolítica del siglo XX y el gas marcó conflictos y alianzas en Europa. Hoy, en pleno siglo XXI, el nuevo frente estratégico gira en torno a un conjunto de metales poco conocidos pero indispensables: las tierras raras.
Las tierras raras son 17 elementos químicos —15 lantánidos junto con el itrio y el escandio— que han pasado de ser curiosidades de laboratorio a convertirse en la base de la tecnología moderna. Sin ellos sería imposible fabricar los imanes de alto rendimiento que sostienen autos eléctricos, turbinas eólicas, teléfonos inteligentes, satélites, radares y sistemas de misiles de última generación. En otras palabras, constituyen la columna vertebral de la transición energética y de la defensa contemporánea.
¿Por qué se llaman “raras”?
El término puede resultar engañoso. No son especialmente escasas en la corteza terrestre; lo raro es encontrarlas en concentraciones explotables y, sobre todo, procesarlas. La separación de estos minerales requiere técnicas químicas complejas, costosas y muy contaminantes. Por eso, aunque existen en múltiples yacimientos, pocos países cuentan con la capacidad de convertirlas en componentes útiles. Actualmente, alrededor del 90 % del procesamiento y manufactura avanzada está en manos de China, lo que le otorga una posición casi monopólica en el mercado global.
El ascenso de China
El dominio chino no fue casualidad, sino fruto de una estrategia de largo plazo y de la ingenuidad de Occidente. En los años ochenta y noventa, Estados Unidos, Europa y Australia cerraron minas y refinerías porque eran poco rentables y altamente contaminantes. La apuesta era confiar en la interdependencia de los mercados globales. China, en cambio, subsidió a sus empresas, asumió los costos ambientales y, poco a poco, se quedó con la extracción, refinación y producción de imanes de alto rendimiento.
Más allá del beneficio económico, Beijing convirtió ese control en un instrumento político y militar. En 2010, tras un choque diplomático con Japón, suspendió la exportación de tierras raras hacia ese país. El impacto fue inmediato: precios disparados, pánico industrial y un recordatorio de que podía ejercer poder sin disparar un solo tiro. Desde entonces, ha perfeccionado la estrategia, imponiendo cuotas, restricciones y licencias de exportación que le permiten presionar a Estados Unidos, Europa y Japón en momentos clave.
En un eventual conflicto por Taiwán, no serían los misiles la primera herramienta de coerción, sino los minerales. La sola insinuación de cerrar la llave de exportaciones podría paralizar industrias enteras y golpear la seguridad nacional de Occidente.
El despertar de Occidente
Consciente del riesgo, Occidente intenta recuperar terreno. Estados Unidos, Japón, Europa y Australia lanzaron en 2022 la Minerals Security Partnership para asegurar cadenas de suministro estables de minerales críticos. Se han abierto minas en Canadá, Estados Unidos y Australia, y se exploran alternativas como el reciclaje o el desarrollo de tecnologías que reduzcan la dependencia.
No obstante, los retos son enormes. Recuperar la capacidad de refinación y manufactura requerirá inversiones multimillonarias y años de desarrollo. Además, Occidente deberá lidiar con las tensiones ambientales de la explotación, acelerar procesos y competir con la presencia consolidada de China en África y América Latina.
El futuro de la competencia
El horizonte es claro: las tierras raras serán en el siglo XXI lo que el petróleo fue en el XX. Quien controle su acceso tendrá en sus manos poder económico, tecnológico y militar. China seguirá liderando durante la próxima década, mientras Occidente busca al menos reducir la dependencia en sectores estratégicos.
África y América Latina emergen como nuevos campos de disputa, con países como Congo, Tanzania, Brasil, Argentina y México en el centro de la competencia. Allí, la diplomacia de recursos se mezcla con acuerdos comerciales, tecnológicos y hasta militares.
La guerra por las tierras raras no necesita ejércitos ni proclamas. Es silenciosa, incrustada en las cadenas de suministro que sostienen la economía global. China entendió antes que nadie que el verdadero poder del siglo XXI no estaría en el petróleo, sino en los metales que hacen posible la tecnología moderna. El desenlace aún no está escrito, pero la lección es evidente: quien controle los imanes controlará también el futuro.
Licenciada en Derecho por la Universidad Iberoamericana, especialista en Gestión de Proyectos por la Universidad de Georgetown y Maestra en Derecho por la Universidad de Harvard, donde fue becaria de mérito e Investigadora Invitada. Es fundadora de la firma de gestión de proyectos internacionales y comunicación estratégica Synergies Creator. En el ámbito mediático, ha sido creadora de contenidos, presentadora y analista de política internacional en medios nacionales e internacionales, participando recientemente en Univisión Chicago durante las elecciones presidenciales de EE.UU. en 2024. Ha recibido reconocimientos nacionales como el Premio al Mérito de la Mujer Mexicana 2025 (ANHG-UNAM), además de distinciones de la Academia Nacional de Perspectiva de Género y de la Legión de Honor Nacional de México. Representó al sector privado en reuniones del G20 (India, 2023) y fue seleccionada por el Grupo Santander como una de 50 mujeres de altos mandos para integrarse al Programa de Liderazgo SW50 con pasantía en la London School of Economics (2024). Es Asesora Senior del Global Policy Institute en Washington, D.C.; miembro de la Legión de Honor Mexicana, Miembro de Número de la Academia Nacional de Historia y Geografía, y Dama Distinguida de la Ilustrísima Orden de San Patricio. Es políglota, conferencista y autora de varias publicaciones.