El año en que las relaciones internacionales se volvieron gestión del daño

Eje Global

El último año consolidó una verdad incómoda para la acción pública global: gobernar ya no consiste en elegir el mejor camino, sino en evitar el peor. Las relaciones internacionales, tradicionalmente asociadas a la proyección de poder, la construcción de alianzas estables y la promesa de orden, se han desplazado hacia un terreno mucho más restringido. Hoy gobierna quien logra contener, mitigar y administrar el daño. No por falta de ambición, sino por la acumulación de límites estructurales.

Conflictos prolongados, tensiones geopolíticas simultáneas, economías interdependientes y crisis que se superponen han reducido drásticamente el margen de maniobra de los Estados. La incertidumbre dejó de ser una anomalía para convertirse en el contexto permanente de la decisión política. En este escenario, la certeza ya no es un requisito previo para actuar; esperar condiciones ideales equivale, muchas veces, a renunciar a toda capacidad de intervención.

Las decisiones contemporáneas rara vez producen resultados definitivos. Sanciones que no resuelven conflictos, pero contienen escaladas; alianzas incómodas que no generan consensos duraderos, pero evitan rupturas mayores; silencios diplomáticos que no expresan acuerdo, sino cálculo. La lógica dominante ya no es la de la resolución, sino la de la contención.

Este desplazamiento suele interpretarse como cinismo o pérdida de principios. Sin embargo, entender las relaciones internacionales como gestión del daño no implica renunciar a la responsabilidad ética, sino asumirla en condiciones adversas. Cuando todas las opciones disponibles conllevan costos humanos, económicos o políticos significativos, la decisión responsable no es la que promete pureza moral, sino la que limita el daño mayor. En este ámbito, la inacción no es neutral: también produce efectos y, con frecuencia, agrava los escenarios que se pretendía evitar.

A esta complejidad estructural se suma un desajuste creciente entre la toma de decisiones y su recepción social. En un entorno marcado por la inmediatez informativa, se exige coherencia absoluta, posiciones claras y respuestas rápidas. La ambigüedad, inherente a las relaciones internacionales, es percibida como debilidad o complicidad. Sin embargo, muchas decisiones no son expresiones de convicción ideológica, sino respuestas condicionadas por riesgos sistémicos que no admiten soluciones limpias.

La presión por ofrecer certezas morales en contextos inciertos reduce el espacio para la explicación y el matiz. En lugar de deliberación, se demanda alineamiento; en lugar de evaluación de consecuencias, se privilegia el gesto simbólico. Esta dinámica no solo dificulta la acción gubernamental, sino que empobrece el debate público al imponer un marco binario sobre problemas que son, por definición, complejos.

Frente a este escenario, resulta pertinente recuperar una noción clásica de la teoría política: la prudencia. No como moderación pasiva ni como cálculo oportunista, sino como la capacidad de deliberar correctamente bajo condiciones adversas. La prudencia reconoce los límites del poder, pondera consecuencias y asume que toda decisión implica costos. No elimina el conflicto, pero busca evitar su escalamiento irreversible.

En un mundo profundamente interdependiente, donde cada acción genera efectos cruzados y no siempre previsibles, esta forma de razonamiento se vuelve indispensable. Gobernar sin certezas exige aceptar que no habrá finales felices ni resoluciones definitivas, solo equilibrios frágiles que deben sostenerse en el tiempo.

El balance del año no admite triunfos claros. Pero tampoco justifica el nihilismo ni la parálisis. Reconocer que las relaciones internacionales se han convertido en gestión del daño no implica aceptar la derrota, sino asumir con honestidad los límites del poder político contemporáneo. Esta honestidad resulta incómoda en un clima dominado por la indignación permanente y la exigencia de coherencia absoluta, pero es condición necesaria para evitar escenarios de mayor destrucción.

Cerrar el año desde esta comprensión no ofrece consuelo. Ofrece, en cambio, una base más realista para pensar el futuro.

Natacha Díaz De Gouveia.
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Soy politóloga con mención en Relaciones Internacionales, egresada de la Universidad Central de Venezuela, y cuento con una trayectoria académica y profesional enfocada en el análisis político, social y empresarial. Mi formación se complementa con un Máster en Administración y Dirección de Empresas, así como una especialización en Coaching y Programación Neurolingüística, ambos cursados en la Escuela de Negocios Europea de Barcelona, España.
A lo largo de mi carrera, he tenido la oportunidad de desempeñarme como asesora política en campañas electorales, diseñando estrategias fundamentadas en un profundo análisis del entorno y las dinámicas sociopolíticas. Asimismo, he ocupado roles de liderazgo como coordinadora en empresas privadas, donde he desarrollado habilidades en planificación, gestión de proyectos y trabajo en equipo.
Mi compromiso con el trabajo social me ha llevado a liderar iniciativas en colaboración con organizaciones no gubernamentales, orientadas a promover el desarrollo de comunidades vulneradas indígenas, generando un impacto positivo en el tejido social.

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