
La reciente formalización del Consejo de la Paz (Board of Peace) en Davos, el pasado 22 de enero, marca el inicio de una era donde la diplomacia parece haber abandonado las mesas de negociación multilaterales para trasladarse a un “comité ejecutivo” de acceso restringido. Bajo el liderazgo de Donald Trump, y con un equipo que incluye a Jared Kushner, Steve Witkoff en la cartera inmobiliaria y Tony Blair como asesor sénior, este organismo introduce una lógica disruptiva: una diplomacia donde, literalmente, se “paga por entrar”.
Lo más alarmante de esta entidad es su carácter nítidamente transaccional. Según su carta fundacional, los Estados que aspiren a una silla permanente deben aportar “1,000 millones de dólares” a un fondo controlado directamente por la presidencia del Consejo. Mientras que en la ONU la representatividad emana de la soberanía estatal, el modelo de Trump establece una jerarquía basada en el poder adquisitivo, transformando la mediación de paz en un activo corporativo.
A pesar de que la “Resolución 2803 del Consejo de Seguridad de la ONU” acogió inicialmente este órgano para la reconstrucción de Gaza, su estructura operativa ignora los principios más básicos del consenso democrático. Esta arquitectura ha provocado una fractura profunda en el bloque europeo. Mientras naciones como Hungría han aceptado la invitación, líderes como Pedro Sánchez (España) y Robert Golob (Eslovenia) han declinado participar, denunciando que el Consejo opera al margen del derecho internacional. Por su parte, Antonio Costa, presidente del Consejo Europeo, ha sido tajante: Europa no aceptará un orden que sustituya las leyes por la voluntad de personalidades individuales.
La prueba de fuego para este modelo será el próximo 19 de febrero de 2026 en Washington D. C., en la primera reunión oficial del organismo celebrada en el recientemente rebautizado “Instituto de la Paz Donald J. Trump”. Allí se definirá la gestión de la “Fuerza Internacional de Estabilización (ISF)” en Gaza. Si bien el compromiso de 5,000 millones de dólares para ayuda es un dato positivo en términos materiales, el enfoque es puramente tecnocrático y de seguridad.
La historia demuestra que la paz impuesta desde el exterior, sin procesos de legitimidad interna, suele ser un paso táctico y no una solución. Al no haber sido negociado con todas las partes involucradas, el plan corre el riesgo de ser percibido simplemente como una administración de ocupación bajo una nueva marca comercial.
Aun así, el poder de convocatoria es innegable: más de 40 países ya han firmado la carta fundacional o están en proceso de hacerlo, con figuras de Argentina, Israel y diversas naciones árabes confirmadas para la cumbre. Esta reunión será el termómetro real del apoyo internacional. Mientras Trump califica la iniciativa como “la junta más prestigiosa jamás formada”, los detractores observan con cautela si los países asistentes terminarán cediendo ante la presión de una membresía paga para asegurar su relevancia en la posguerra.
Un análisis riguroso revela una arquitectura diseñada para el ejercicio del poder personal más que para una estabilidad global duradera. El Consejo de la Paz no busca resolver conflictos de raíz, sino administrarlos como una empresa donde el éxito se mide en dólares invertidos y control territorial. Al hacerlo, deja de lado principios fundamentales como la autodeterminación de los pueblos y la igualdad jurídica de los Estados, sustituyéndolos por una “diplomacia transaccional”, donde la influencia se mide por el poder económico y la capacidad ejecutiva.
Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Panamá. Cuenta con estudios de Maestría en Asuntos del Canal de Panamá y la Industria Marítima Internacional, realizados en el Instituto del Canal de Panamá de la misma universidad.
Ha cursado formación especializada en Políticas Públicas para el mejoramiento de la administración pública, la transparencia y el fortalecimiento institucional del Estado, impartida por la Georgetown University, a través de su Center for Intercultural Education and Development. Asimismo, participó en el Workshop on International Trade Promotion, un seminario-taller sobre promoción del comercio internacional realizado en Taipéi, Taiwán, patrocinado por el International Cooperation and Development Fund.
Realizó estudios sobre el proceso de toma de decisiones en la formulación de la política exterior de los Estados Unidos en la Universidad de Michigan, campus Detroit. Cuenta también con estudios de posgrado en Docencia Superior por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Panamá.
Se desempeñó como Coordinador de Investigación del Instituto del Canal y Relaciones Internacionales. Actualmente es profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá, donde acumula cerca de 30 años de trayectoria académica.



