El gran escape: la operación secreta que llevó a María Corina Machado hasta el Nobel

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La noche del 8 de diciembre de 2025, María Corina Machado abandonó Venezuela como se escapa de una dictadura: sin luces, sin discursos y con la certeza de que un error podía costarle la vida. Disfrazada, escoltada por un equipo de doce efectivos de Grey Bull Rescue, y perseguida por uno de los aparatos de seguridad más implacables de América Latina, la líder opositora inició una operación clandestina que durante dieciséis horas desafió al régimen de Nicolás Maduro, al mar Caribe y a los límites mismos de la diplomacia internacional. “No fue una huida, fue una extracción en territorio hostil”, diría después Bryan Stern, fundador de la empresa estadounidense, veterano de guerra y responsable directo de la misión. “Sabíamos que, si fallábamos, no habría segunda oportunidad”.

Machado llevaba once meses en la clandestinidad absoluta. Desde enero de 2025 vivía oculta en Caracas, desplazándose entre refugios improvisados, cambiando de rutinas y evitando un cerco que se cerraba cada vez más. Tras ser inhabilitada políticamente y convertida en el principal símbolo de la oposición venezolana, el régimen intensificó su persecución con órdenes de captura por “terrorismo”, vigilancia aérea, controles marítimos y una red de informantes que hacía de cada esquina una amenaza. El anuncio del Premio Nobel de la Paz, otorgado el 10 de octubre por su “resistencia democrática frente a la represión”, no alivió su situación: la agravó. Convertida en figura global, pasó a ser también un objetivo prioritario.

La decisión fue clara. Si no podía hablar en Oslo, debía llegar a Oslo. Y hacerlo significaba ejecutar una operación de extracción de alto riesgo. Grey Bull Rescue —una firma privada especializada en rescates en zonas de guerra y Estados fallidos— asumió la misión con apoyo logístico y coordinación indirecta de agencias estadounidenses. No era un operativo simbólico: era la misión número 800 del equipo, pero, según Stern, “la más sensible políticamente y una de las más peligrosas en términos reales”.

La salida comenzó en tierra. Machado abandonó su escondite vestida como campesina, con un pañuelo cubriéndole el rostro y ropa diseñada para borrar cualquier rastro de su identidad pública. Un convoy de vehículos civiles recorrió durante diez horas carreteras secundarias, evitando autopistas y atravesando diez puntos de control de los servicios de inteligencia venezolanos. Cada detención implicaba documentos falsos, silencios calculados y una tensión constante. “Era como cruzar un campo minado con los ojos vendados”, relataría uno de los rescatistas.

El segundo tramo fue marítimo. En una playa aislada del litoral central, bajo una luna menguante, Machado subió a una pequeña embarcación pesquera. El Caribe, lejos de ser aliado, se convirtió en adversario: olas de tres metros, motores forzados a mínima potencia y el riesgo permanente de detección por patrullas chavistas. Mientras tanto, aeronaves estadounidenses realizaban vuelos de distracción en el horizonte, desviando la atención de los radares. Diez horas después, exhausta y empapada, la embarcación alcanzó aguas cercanas a Curazao. Allí, un helicóptero privado completó la extracción.

El trayecto final fue aéreo. Un jet ejecutivo trasladó a Machado a Estados Unidos para reabastecimiento, escoltado por aviones militares, y desde allí voló directamente a Noruega. Dieciséis horas después de haber salido de Venezuela, pisaba suelo europeo. “Nadie tenía la presión baja”, resumió Stern con crudeza. “Pero cuando la vimos descender del avión, supimos que habíamos ganado”.

El 11 de diciembre, en Oslo, María Corina Machado apareció finalmente en público. Horas antes, su hija había recibido el Premio Nobel de la Paz en su nombre. Ahora ella estaba allí, frente al mundo, desmintiendo la narrativa de un régimen que la quería silenciada o desaparecida. No hubo lágrimas. Hubo un mensaje: “Este premio no es mío. Es de Venezuela. Y volverá con nosotros”.

En reuniones con autoridades noruegas, parlamentarios y medios internacionales, Machado confirmó el apoyo clave de Estados Unidos y defendió una transición firme para su país. No evitó la polémica: habló de presión internacional, de reconstrucción institucional y de un futuro sin concesiones a la impunidad. Grey Bull Rescue, fiel a su estilo, divulgó solo lo imprescindible. “Protegemos a quienes luchan por la libertad cuando otros no pueden”, publicó la empresa. Stern fue más personal: “Es dura como el acero, pero nunca dejó de ser madre. Eso fue lo que más me impresionó”.

El régimen venezolano reaccionó con amenazas y silencios incómodos. Pero el daño ya estaba hecho. La operación —bautizada internamente como Golden Dynamite— no solo sacó a Machado del país: rompió el mito de invulnerabilidad del poder. Demostró que incluso el control total tiene fisuras.

Este no fue solo un rescate. Fue un mensaje. En mares embravecidos, carreteras vigiladas y cielos custodiados, una mujer convirtió la persecución en victoria política. En Oslo, bajo la aurora boreal, María Corina Machado no celebró un premio: confirmó que la dictadura podía intentar cazarla, pero no apagarla.

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