
Y por qué eso influye más en el marketing de lo que muchas empresas aceptan
Durante mucho tiempo, el servicio al cliente se trató como un tema operativo: un área que debía resolver problemas, responder rápido y, si era posible, hacerlo con el menor costo. En muchas organizaciones sigue siendo visto así, como un centro de gastos que hay que controlar.
Ese enfoque es cómodo, pero incompleto.
Porque el servicio no es solo un proceso.
El servicio es una actitud.
Y esa actitud, aunque no siempre se mida, termina influyendo directamente en el marketing, en la marca y en los resultados del negocio.
La actitud no se diseña en una presentación
Puedes documentar procesos, crear manuales, definir guiones y capacitar en herramientas. Todo eso es necesario, pero nada de ello garantiza una buena experiencia si la actitud detrás es incorrecta.
La actitud se nota en detalles que no aparecen en ningún flujo: en cómo se escucha un problema, en si se busca resolver o solo cerrar el caso, en si la respuesta suena a persona o a trámite.
Los clientes no recuerdan el SLA exacto; es más, muchos ni siquiera saben de su existencia.
Solo recuerdan cómo los hicieron sentir.
Ahí es donde el servicio deja de ser operativo y se vuelve estratégico.
El “cómo” pesa más que el “qué”
Dos empresas pueden ofrecer la misma solución, al mismo precio y con el mismo tiempo de respuesta, y aun así generar experiencias completamente distintas.
La diferencia no está en lo que hacen, sino en cómo lo hacen: en la disposición para ayudar, en la paciencia para explicar, en la responsabilidad para hacerse cargo cuando algo sale mal.
Ese “cómo” es actitud.
Y la actitud no se improvisa cuando el cliente llama; se forma mucho antes, dentro de la organización, a través de su cultura.
Cuando la actitud falla, el marketing paga el costo
Aquí aparece una de las contradicciones más comunes en las empresas. Se invierte en marketing para atraer clientes, pero no se invierte lo suficiente en la actitud con la que esos clientes serán atendidos.
Entonces ocurre algo predecible: la campaña promete cercanía, el servicio responde con frialdad; el mensaje habla de experiencia, pero el contacto real se siente burocrático.
En ese punto, el marketing deja de ser una ventaja y se convierte en maquillaje. No porque esté mal ejecutado, sino porque no está respaldado por la actitud correcta.
El mercado siempre cree más en la experiencia que en el mensaje.
Procesos sin actitud crean experiencias vacías
Muchas empresas confunden servicio con procesos bien definidos. Los procesos importan, pero no sustituyen la actitud.
Un bot puede responder rápido, un CRM puede ordenar la información y un flujo puede escalar tickets de forma eficiente. Ninguno de esos elementos garantiza que el cliente se sienta comprendido.
La tecnología amplifica lo que ya existe.
Si la actitud es buena, la tecnología la potencia.
Si la actitud es mala, la tecnología la hace más evidente.
Por eso hay empresas con grandes inversiones en Customer Experience que siguen generando frustración. No fallan en herramientas; fallan en cultura.
La actitud nace de lo que se premia
La actitud de servicio no surge por decreto. Surge de lo que se reconoce, se mide y se premia dentro de la organización.
Si se premia la velocidad por encima de la calidad, la actitud será apresurada.
Si se premia evitar errores en lugar de resolver problemas, la actitud será defensiva.
Si se premia cerrar casos en lugar de entender causas, la actitud será superficial.
Cuando se premia hacerse cargo, resolver de fondo y cuidar la relación, la actitud cambia.
Y con ella, cambia la experiencia completa del cliente.
Servicio y marketing no son mundos separados
En teoría, el marketing atrae y el servicio retiene. En la práctica, están profundamente entrelazados.
Cada interacción de servicio es comunicación de marca. Cada respuesta, cada tono y cada decisión transmiten un mensaje. El cliente no distingue entre “marketing” y “atención”; para él, todo es la misma empresa.
Por eso, una mala actitud en servicio puede neutralizar meses de trabajo de marketing, y una buena actitud puede compensar errores, retrasos o fallas inevitables.
El marketing promete.
El servicio valida o contradice esa promesa.
La obsesión por la velocidad está mal entendida
En los últimos años, muchas organizaciones equipararon buen servicio con rapidez: responder en segundos, resolver en minutos, automatizar todo.
La realidad es más matizada. Un cliente puede tolerar esperar si percibe interés real; difícilmente tolera una respuesta rápida que no resuelve nada.
La actitud correcta no se obsesiona con correr. Se enfoca en resolver bien. A veces eso toma más tiempo, y no es un defecto, sino una decisión.
La experiencia no se optimiza solo con cronómetros; se construye con criterio.
El impacto directo en marketing y negocio
Cuando la actitud de servicio es la correcta, empiezan a ocurrir cosas que ningún anuncio puede comprar: los clientes recomiendan sin que se les pida, la tolerancia al error aumenta, el valor de vida del cliente crece y el precio deja de ser el principal criterio de decisión.
Eso es marketing sostenible: no depende de campañas constantes ni de descuentos agresivos.
Cuando la actitud es mala, el costo de adquisición sube, la recompra baja, las promociones se vuelven necesarias y la marca se desgasta. No por falta de visibilidad, sino por falta de coherencia.
Actitud como ventaja competitiva
En mercados donde los productos se parecen y los mensajes se repiten, la actitud se vuelve diferencial. No es fácil de copiar, no se compra con presupuesto y no se implementa en un sprint.
Requiere liderazgo, consistencia y decisiones incómodas. Requiere aceptar que el servicio no es un área secundaria, sino una extensión directa de la estrategia de negocio.
Las marcas que entienden esto no necesitan gritar más fuerte; se ganan el espacio con hechos repetidos en el tiempo.
Una idea que incomoda, pero aclara
El servicio no es un departamento de soporte. Es una expresión diaria de la cultura.
Y la actitud con la que se sirve comunica más que cualquier campaña.
Si el marketing dice una cosa y la actitud dice otra, el cliente no duda: cree a la experiencia.
Porque, al final, el mundo del servicio es el mundo de la actitud.
Y en marketing, la actitud siempre termina comunicando, incluso cuando no se quiere.
Profesional en marketing digital y desarrollo web, con más de 10 años de experiencia en sectores como educación, finanzas y automotriz. Actualmente es Chief Marketing Officer en Rivium, donde lidera estrategias digitales y automatización de marketing. Ingeniero en Computación y con una Maestría en la misma disciplina por la Universidad del Valle de Atemajac, una especialidad en Marketing Digital por Udacity. Ha sido reconocido como LinkedIn Top Voice 2024. Además, ha trabajado en empresas destacadas como Stellantis, Sodimac y Unifin, logrando resultados tangibles en SEO, SEM y optimización de procesos.



