El ruido como dogma

Eje Global
© Mandel Ngan/AFP/Getty

En el ecosistema de la política moderna, la verdad ya no es el trofeo; es el obstáculo. Para entender cómo se ejerce el poder en la era de Donald Trump, no hay que mirar sus políticas, sino su arquitectura del caos. Existe un nombre técnico y crudo para lo que estamos viviendo: “Flood the zone with shit”. Traducido al inglés, este concepto define la acción de saturar el espacio público con basura informativa. No es una frase lanzada al aire por un crítico despechado, sino la tesis central de Steve Bannon, el estratega que entendió, antes que nadie, que en la era de la saturación digital, el cerebro humano no se convence, se agota.

Steve Bannon articuló esta visión con una claridad cínica al afirmar que la verdadera oposición no son los partidos políticos, sino los medios de comunicación. Su receta para lidiar con el periodismo es precisamente esa saturación constante de desechos narrativos. La lógica es perversa pero comunicativamente eficaz: si lanzas múltiples escándalos, diversas teorías de la conspiración y una ráfaga de insultos en una sola mañana, el periodismo tradicional —diseñado para verificar, contrastar y explicar— colapsa por falta de capacidad operativa. No hay suficientes verificadores de datos en el mundo para detener una inundación de tal magnitud. Esta técnica, que académicamente se conoce como la manguera de falsedades, busca que el ciudadano común baje los brazos ante la imposibilidad de distinguir lo real de lo ficticio.

Trump ha llevado esta manguera a un nivel industrial. El objetivo no es que creas la mentira de hoy, sino que dejes de creer en la posibilidad de la verdad. Cuando la realidad se vuelve un ruido ensordecedor y contradictorio, el individuo no busca la evidencia, sino que se refugia en su tribu, en quien le grita más fuerte o en quien le confirma sus prejuicios más oscuros. La apatía y el cinismo son los productos finales de esta fábrica de ruido que busca aniquilar el pensamiento crítico a base de volumen. El daño social es profundo: se rompe el tejido de la confianza básica, el pegamento que permite que una sociedad funcione sin matarse entre sí.

Los ejemplos son tan constantes que corremos el riesgo de normalizarlos. Solo en las últimas etapas de su carrera política, hemos visto cómo Trump utiliza esta táctica para asfixiar cualquier narrativa coherente. Si el tema es la economía, lanza afirmaciones sobre que la totalidad de los nuevos empleos son para inmigrantes o que las tasas hipotecarias han alcanzado niveles que doblan la realidad estadística oficial. Si ocurren desastres naturales, la manguera se activa culpando a las políticas de diversidad o a conspiraciones climáticas imaginarias. No importa si una mentira contradice a la anterior; lo que importa es que el receptor siga atrapado en el caos y pierda el hilo de lo que realmente sucede en las instituciones del Estado. Esta desorientación deliberada provoca un estado de fatiga cognitiva donde la gente, simplemente, deja de prestar atención a lo importante.

La estrategia de Bannon se basa en pilares que Trump domina a la perfección. Primero está el volumen y la velocidad: emitir mensajes a un ritmo que supera la capacidad de respuesta de cualquier opositor. Para cuando un dato ha sido desmentido por fuentes oficiales, ya hay varios nuevos ocupando el titular principal. Luego está el descaro absoluto: mentir sobre cosas evidentes para demostrar poder. Es un mensaje de dominación: la capacidad de obligar a todo un país a discutir una falsedad obvia durante días. Finalmente, se busca la fragmentación de la atención. Al atacar tantos frentes a la vez, desde el sistema electoral hasta la integridad de la justicia, ninguna crisis logra la tracción necesaria para generar una consecuencia real. No hay un solo escándalo que destaque porque todos están sumergidos en el mismo lodo.

Las consecuencias sociales de este bombardeo son devastadoras porque alteran nuestra percepción de la comunidad. Al inundar la zona, Trump no solo ataca a sus rivales, sino que destruye la noción de realidad compartida. Cuando una sociedad ya no puede ponerse de acuerdo sobre hechos básicos —como quién ganó una elección o si un virus es peligroso—, el diálogo se vuelve imposible. Esto genera una polarización tóxica donde el vecino ya no es un conciudadano con otra opinión, sino un enemigo que vive en un universo paralelo. La estrategia de la “mierda” informativa alimenta el odio porque es más fácil movilizar a alguien a través de la rabia y el miedo que a través de propuestas programáticas complejas.

Este modelo no es exclusivo de Estados Unidos; es el manual del autoritarismo moderno que busca la desorientación masiva. Se trata de guerra de información pura y dura. El éxito de Trump radica en que ha convertido la comunicación oficial en una extensión de su marca personal, borrando la frontera entre el gobierno y el espectáculo. En su etapa más reciente, esta táctica se ha vuelto aún más agresiva, apoyándose en una red de influencers, podcasts y herramientas digitales que permiten distribuir esta narrativa para que cada sector reciba la versión del caos que más le asuste o le motive. Ya no es necesario convencer a las mayorías; basta con mantener a tu base en un estado de agitación permanente mientras el resto de la población se hunde en el desinterés.

Inundar la zona funciona porque explota nuestra biología. Los humanos no pesamos los hechos racionalmente bajo presión; usamos atajos mentales como la emoción y la repetición. Al repetir una mentira constantemente a través de múltiples canales, el cerebro empieza a procesarla como algo familiar y, por ende, creíble. Es un desgaste psicológico donde la resistencia a la mentira se vuelve físicamente agotadora. El resultado es una sociedad donde el juicio crítico es reemplazado por la lealtad ciega o el abandono total de la vida pública.

Al final, el mayor peligro de la estrategia de Trump y Bannon no es que el público se crea sus historias. El peligro real es que el público llegue a la conclusión de que nadie dice la verdad. Cuando se inunda la zona, lo que realmente se destruye es el suelo común sobre el cual se construye una democracia. Si todo es percibido como basura informativa, entonces el único criterio que queda es el poder bruto. Y en ese terreno, Trump siempre ha sabido que el caos es su mejor aliado para mantener el control sobre la percepción pública, dejando atrás una sociedad exhausta, dividida y, sobre todo, profundamente desinformada.

Eje Global
+ posts

Licenciada en Ciencias de la Comunicación y MSc. en Marketing Político, es columnista especializada en temas de comunicación política y analista en este ámbito. Su experiencia incluye consultoría en transparencia electoral y participación como observadora internacional en procesos comiciales. Además, es socia de ACEIPOL, un espacio comprometido con la profesionalización de la política, desde donde impulsa estrategias innovadoras y análisis profundos sobre el panorama político contemporáneo.

' . esc_html($ciudad . ', ' . $fecha) . '
'; } add_shortcode('fecha_miami', 'eje_global_miami_fecha'); ?>