
En marketing y negocios muchas decisiones no se toman para ganar; se toman para no perder.
Y aunque parezca una diferencia menor, cambia por completo los resultados.
Jugar para no perder se ve así
Evitar errores, bajar riesgos, recortar costos, no incomodar al mercado, no equivocarse frente al comité, no fallar en el trimestre.
Jugar para ganar es otra cosa
Implica tomar decisiones que construyen ventaja, aunque incomoden hoy, aunque no se reflejen de inmediato en el dashboard, aunque requieran paciencia y convicción.
Pero tenemos un gran problema en la actualidad: la inmediatez.
Inmediatez por dar resultados, por hacer sonar la caja registradora aun cuando estemos dejando de lado la posibilidad de ganar más y ser sostenibles a largo plazo.
La mayoría de las empresas dice que quiere crecer, pero pocas toman decisiones como si realmente quisieran hacerlo.
El origen del problema: confundir eficiencia con estrategia
En los últimos años, muchas organizaciones han convertido la eficiencia en su principal brújula: optimizar procesos, reducir tiempos, automatizar todo lo posible.
Nada de eso está mal. El problema aparece cuando la eficiencia sustituye a la estrategia. Una empresa que solo optimiza lo existente está jugando para no perder. Mantiene márgenes, reduce fricción interna y sobrevive, pero rara vez construye algo que la haga realmente distinta.
En marketing esto es evidente. Campañas pensadas para no fallar, mensajes neutros para no incomodar, experiencias genéricas para no generar fricción. Ese enfoque no rompe nada, pero tampoco crea valor nuevo. ¿Les suena esa historia?
Jugar para no perder se siente seguro, pero es caro
Las decisiones defensivas suelen justificarse con argumentos “racionales”: mejor no arriesgar, no es el momento, el mercado está incierto, primero cuidemos el ROI.
El costo real de esas decisiones no aparece de inmediato. Aparece después, cuando la marca se vuelve irrelevante, cuando el cliente no distingue, cuando la competencia ocupa el espacio que tú decidiste no tomar.
Ese es el costo de oportunidad. No lo que gastaste mal, sino lo que dejaste de construir.
En Customer Experience (CX), por ejemplo, jugar para no perder implica automatizar para ahorrar, no para mejorar la experiencia. El resultado es atención rápida, pero fría; eficiente, pero olvidable.
Jugar para ganar requiere una postura clara
Las marcas que juegan para ganar hacen algo incómodo. Eligen a quién servir, eligen qué promesa sostener y eligen qué no van a hacer, aunque otros sí lo hagan.
Eso implica renunciar a cierta comodidad, aceptar que no todos estarán de acuerdo y dejar de competir solo por precio, velocidad o volumen.
En marketing, jugar para ganar es construir diferenciación real, no solo optimización incremental. Es invertir en marca cuando otros recortan y priorizar CX cuando el ROI inmediato no es evidente. No porque sea “bonito”, sino porque es sostenible.
El error más común: confundir prudencia con liderazgo
Muchos líderes creen que están siendo prudentes cuando en realidad están siendo reactivos. Ajustan presupuestos cada trimestre, cambian mensajes cada seis meses y persiguen tendencias para no quedarse atrás.
Eso no es liderazgo. Eso es administración del miedo.
Liderar implica tomar decisiones con horizonte, no solo con retrospectiva. Implica aceptar que algunas apuestas no se justifican en Excel hoy, pero se pagan solas mañana.
Las empresas que transforman industrias no juegan a no equivocarse. Juegan a construir algo que valga la pena sostener.
Jugar para ganar en marketing
En marketing, jugar para ganar implica no optimizar solo conversiones, sino percepción; no medir solo clics, sino confianza; no lanzar campañas aisladas, sino narrativas consistentes.
Significa entender que el marketing no es solo adquisición, es posicionamiento acumulado. Cada mensaje suma o resta. Cada experiencia deja huella.
Las marcas que ganan no son las que gritan más fuerte, sino las que se entienden mejor.
Jugar para ganar en experiencia de cliente
En CX la diferencia es aún más clara. Jugar para no perder es resolver tickets rápido. Jugar para ganar es evitar que el problema exista de nuevo.
Jugar para no perder es poner bots para reducir costos. Jugar para ganar es combinar tecnología con criterio humano.
La experiencia bien diseñada no busca solo eficiencia. Busca relación.
Y las relaciones no se optimizan por minuto; se construyen por consistencia y a largo plazo.
La paradoja final
Las empresas que juegan para no perder suelen justificarlo diciendo que “el mercado está difícil”. Las que juegan para ganar entienden que siempre lo estará.
La diferencia no está en el contexto, sino en la postura.
Jugar para ganar no garantiza éxito inmediato. Pero jugar para no perder casi garantiza estancamiento.
Una pregunta incómoda
Cuando revisas tus decisiones de marketing, de producto o de CX, pregúntate algo simple:
¿Esto está diseñado para proteger lo que ya tengo o para construir lo que necesito mañana?
La respuesta suele ser más reveladora que cualquier KPI.
Jugar para ganar no tiene que ver con entusiasmo ni con aventarse sin pensar. Tiene que ver con cómo decides, con qué priorizas cuando nadie te aplaude por hacerlo.
Cuidar el presente importa, pero no alcanza. Si todo se diseña para evitar errores, el negocio se vuelve reactivo. Y ahí se paga caro lo que no se ve en el reporte: lo que dejaste de construir.
Las organizaciones que duran no son las que fallan menos. Son las que sostienen decisiones con intención, incluso cuando el resultado todavía no se nota.
Al final, la pregunta no es si una decisión es cómoda o defensiva, sino si está diseñada para mantener lo que ya existe o para crear algo que valga la pena defender mañana. Esa diferencia, aunque sutil, es la que separa a quienes sobreviven de quienes construyen legado.
Profesional en marketing digital y desarrollo web, con más de 10 años de experiencia en sectores como educación, finanzas y automotriz. Actualmente es Chief Marketing Officer en Rivium, donde lidera estrategias digitales y automatización de marketing. Ingeniero en Computación y con una Maestría en la misma disciplina por la Universidad del Valle de Atemajac, una especialidad en Marketing Digital por Udacity. Ha sido reconocido como LinkedIn Top Voice 2024. Además, ha trabajado en empresas destacadas como Stellantis, Sodimac y Unifin, logrando resultados tangibles en SEO, SEM y optimización de procesos.



