Kiev bajo fuego antes de la diplomacia y la presión rusa se intensifica

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La capital ucraniana, Kiev, fue blanco de uno de los ataques aéreos rusos más intensos de los últimos meses, confirmando que la guerra entra en una fase especialmente delicada. Durante casi diez horas, desde la madrugada hasta bien entrada la mañana, una oleada de drones y misiles impactó distintos puntos de la ciudad y su región metropolitana. El saldo fue devastador: al menos una persona fallecida, una mujer de 47 años, más de 22 heridos —entre ellos varios niños— y amplias zonas sin electricidad ni calefacción, en pleno invierno europeo.

El bombardeo no puede interpretarse como un episodio aislado. Forma parte de una estrategia reiterada del Kremlin orientada a debilitar la infraestructura crítica de Ucrania y a erosionar la resiliencia social mediante el desgaste energético. Aunque las defensas antiaéreas lograron interceptar parte de los proyectiles, los daños a instalaciones eléctricas fueron significativos. Autoridades municipales y regionales confirmaron que el foco principal fue la capital, donde las explosiones se escucharon durante horas. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, describió el ataque como una “respuesta” calculada de Moscú ante el momento político que atraviesa el conflicto.

El momento elegido resulta especialmente revelador. El ataque ocurrió pocas horas antes de una reunión prevista entre Zelenski y Donald Trump en Florida, un encuentro que muchos analistas consideran potencialmente decisivo. Trump ha reiterado su promesa de resolver la guerra con rapidez mediante negociaciones directas, y Moscú parece decidido a llegar a esa instancia desde una posición de fuerza. Al intensificar los bombardeos, Vladimir Putin busca elevar el costo de la resistencia ucraniana y presionar para obtener concesiones, ya sea territoriales o de seguridad, incluyendo una reducción del apoyo militar occidental.

Sin embargo, esta táctica conlleva riesgos evidentes. Lejos de debilitar a Kiev, ataques de esta magnitud suelen reforzar la cohesión interna de Ucrania y consolidar el respaldo internacional. Desde la invasión de febrero de 2022, el país ha resistido gracias a la ayuda externa, aunque a un costo humano y económico enorme, con decenas de miles de víctimas civiles y millones de desplazados. Rusia, por su parte, ha soportado sanciones severas sin frenar su maquinaria bélica, apoyada por aliados como Irán y Corea del Norte, especialmente en el suministro de drones y misiles más avanzados.

El ataque a Kiev coincide además con un incremento en el uso de tecnologías militares más sofisticadas, lo que complica las defensas ucranianas y eleva el riesgo de errores de cálculo. En respuesta, aliados occidentales han reiterado su respaldo financiero y militar, mientras la OTAN observa con cautela para evitar una escalada directa que amplíe el conflicto.

Desde una perspectiva diplomática, el bombardeo puede resultar contraproducente para Moscú. Históricamente, ofensivas de este tipo han acelerado nuevos paquetes de ayuda a Ucrania y endurecido la posición de sus aliados. Más allá del daño inmediato, el episodio subraya la fragilidad de cualquier intento de alto el fuego sin garantías de seguridad creíbles. En este pulso prolongado entre autoritarismo y democracia, la violencia vuelve a ser utilizada como herramienta de negociación. La incógnita es si esta demostración de fuerza acelerará una salida política o si, por el contrario, prolongará indefinidamente un conflicto cuyas consecuencias ya trascienden con creces las fronteras de Europa.

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