
Hablar hoy del Trastorno del Espectro Autista (TEA) es hablar de una realidad creciente y visible en todo el mundo. Según estimaciones recientes de la Organización Mundial de la Salud, el autismo afecta a aproximadamente el 1% de la población mundial, aunque algunos países reportan prevalencias mayores gracias a mejores sistemas de detección. En Estados Unidos, por ejemplo, los registros de vigilancia infantil señalan cifras que en algunas regiones alcanzan hasta 1 de cada 31 niños, lo cual refleja avances en diagnósticos, pero también brechas persistentes en el acceso a servicios.
En América Latina, y en particular en México, la información sigue siendo fragmentada. Estudios académicos, organizaciones civiles y registros institucionales de salud coinciden en que la prevalencia podría ser comparable a la de países desarrollados, pero la ausencia de un sistema nacional de registro dificulta contar con datos precisos y actualizados. Algunas investigaciones han sugerido prevalencias en el rango de 1 de cada 115 niños, mientras que estimaciones gubernamentales recientes han señalado que varios millones de personas podrían encontrarse dentro del espectro. Este vacío estadístico no es menor: sin datos, la política pública queda incompleta.
La mirada desde la familia: entre el amor, la incertidumbre y la falta de apoyos
Para madres y padres, el recorrido comienza casi siempre igual: preguntas, sospechas, búsquedas, listas de espera, consultas y, finalmente, un diagnóstico que puede tardar meses. Este retraso genera pérdidas importantes de intervención temprana, la cual, según múltiples estudios, puede mejorar significativamente el desarrollo comunicativo, social y adaptativo de los niños con TEA.
A la incertidumbre familiar se suma una estructura institucional insuficiente. Las terapias especializadas suelen ser costosas y, en muchos países, incluida gran parte de América Latina, recaen principalmente en el sector privado. Los servicios públicos, aunque existen, son limitados o están saturados. Todo esto provoca que la carga económica, emocional y logística recaiga en las familias, especialmente en las madres, quienes estadísticamente asumen mayor responsabilidad en trámites, terapias y seguimiento educativo.
El sistema escolar aún no está listo
La educación es uno de los terrenos donde el contraste entre necesidad y realidad se vuelve más evidente. Aunque la inclusión educativa es un principio internacional respaldado por la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, la implementación dista mucho de ser adecuada.
Muchos docentes, tanto en países desarrollados como en naciones de ingresos medios, reportan falta de capacitación específica para atender a estudiantes con autismo. No se trata solo de técnicas conductuales o ajustes pedagógicos; hablamos de comprender la comunicación no convencional, la importancia del ambiente sensorial, el manejo de la ansiedad y la necesidad de flexibilidad cognitiva. Sin esta formación, incluso maestros con la mejor disposición se encuentran sin herramientas.
Desde la perspectiva del estudiante autista, los desafíos son igualmente profundos. Las aulas suelen ser espacios ruidosos y sensorialmente abrumadores. Las instrucciones abstractas, la rigidez en la forma de evaluar, las dinámicas sociales complejas y, en ocasiones, situaciones de acoso escolar dificultan el aprendizaje. La escuela, idealmente un espacio de crecimiento, puede convertirse en un entorno hostil si no se adapta. La inclusión efectiva no consiste solo en permitirles estar presentes, sino en permitirles participar y aprender en condiciones que respeten sus particularidades.
La desinformación: un obstáculo silencioso
La falta de información sigue alimentando mitos, estigmas y expectativas distorsionadas. Aún se confunde el autismo con falta de interés social, incapacidad cognitiva o problemas de conducta. Nada más alejado de la diversidad real que existe dentro del espectro.
Esto afecta no solo a niños, sino también a adolescentes y adultos con TEA, quienes enfrentan obstáculos para continuar estudios, integrarse laboralmente o vivir de manera independiente. La sociedad global ha avanzado, sí, pero todavía no lo suficiente para garantizar que la neurodiversidad se integre como una forma legítima de ser en el mundo.
El autismo como fortaleza y la idea de “superpoder”
En medio de los desafíos surge una narrativa poderosa: la que reconoce las fortalezas asociadas al autismo. Muchas personas dentro del espectro destacan su capacidad de concentración profunda, pensamiento lógico, creatividad no convencional, memoria excepcional o sensibilidad artística. En entornos que favorecen estas habilidades, pueden desplegar talentos extraordinarios.
Esta perspectiva ha llevado a especular —siempre con cautela— que figuras históricas como Alan Turing, Nikola Tesla o Emily Dickinson, entre otros, pudieron haber mostrado rasgos asociados al autismo. Aunque es imposible diagnosticarlos retrospectivamente, esta especulación tiene un propósito cultural importante: recordar que formas distintas de pensar han contribuido al progreso de la humanidad.
Los retos que enfrentan las nuevas generaciones con autismo son múltiples y complejos: insuficiente detección temprana, falta de capacitación docente, escasez de servicios especializados, brechas en inclusión educativa y persistente desinformación social. Sin embargo, también existe un potencial inmenso que no podemos permitirnos desperdiciar.
Para avanzar, los países necesitan sistemas de registro sólidos, políticas educativas inclusivas con capacitación obligatoria, servicios de salud accesibles y programas que acompañen a las familias. La sociedad, por su parte, debe transitar de la tolerancia a la comprensión, del estigma al respeto y de la mera inclusión teórica a la inclusión efectiva.
Como madre, padre o cuidador, la esperanza es diaria. El autismo no es un límite: es una forma distinta de percibir y construir el mundo. Nuestro trabajo como sociedad es crear las condiciones para que cada persona en el espectro pueda desarrollarse plenamente y aportar desde su singularidad. Solo así construiremos comunidades verdaderamente humanas, diversas e inclusivas.
Este artículo está dedicado a mis hijos Paula y Alonso, a quienes amo profundamente.
Licenciada en Derecho con Maestría en Transparencia y Protección de Datos por la Universidad de Guadalajara. Con una sólida trayectoria en el ámbito gubernamental, especializada en administración pública, legislación administrativa, compras gubernamentales, transparencia y proyectos estratégicos, a lo largo de mi carrera he demostrado una gran capacidad en la gestión pública, brindando asesoría en normatividad y políticas administrativas, así como en la optimización de procesos en el sector público.



