
La inteligencia artificial suele venderse como una tecnología casi etérea. Hablamos de algoritmos, modelos, plataformas, datos, automatización y “la nube”, como si el nuevo mundo digital flotara por encima de la realidad material. Pero no es así. Detrás de cada sistema de IA, de cada servicio en la nube y de cada plataforma digital, existe una infraestructura profundamente física: centros de datos, semiconductores, servidores, sistemas de enfriamiento, equipos de red y cadenas globales de suministro que consumen energía, agua, minerales críticos y enormes capacidades industriales.
Durante los últimos años, el debate sobre la sostenibilidad de la inteligencia artificial se ha concentrado, sobre todo, en una pregunta: cuánta energía consume. El foco ha estado en la electricidad que demandan los centros de datos, en sus emisiones de carbono y en la necesidad de alimentarlos con energías renovables. Ese debate es importante y necesario. Pero ya no es suficiente.
La razón es simple: la sostenibilidad de la economía digital no depende únicamente de cómo operan estas infraestructuras, sino también de cómo se fabrican, cuánto duran, cómo se reemplazan y qué ocurre con ellas al final de su vida útil. En otras palabras, no basta con preguntarnos cuánta energía consume la nube. También hay que preguntarnos de qué está hecha, cuánto dura y qué hacemos con sus residuos. El manuscrito del que parte este artículo muestra precisamente que la conversación dominante sigue sesgada hacia el desempeño operativo, dejando en segundo plano los impactos asociados al ciclo de vida del hardware que hace posible la IA (Masanet et al., 2020; Malmodin et al., 2024; Belkhir y Elmeligi, 2018).
La nube también tiene cuerpo
Existe una paradoja en la transición digital contemporánea. Mientras más “intangibles” parecen nuestras actividades económicas, más dependen de activos físicos complejos y costosos. Entrenar modelos avanzados de IA, operar servicios digitales a escala global o sostener ecosistemas de datos requiere una base material cada vez más amplia. Esa base incluye procesadores especializados, semiconductores de alta complejidad, racks de servidores, sistemas de almacenamiento, cableado, componentes de refrigeración y edificios enteros diseñados para alojar capacidad computacional.
Y todo eso tiene huella ambiental.
La manufactura de semiconductores y equipos electrónicos exige procesos intensivos en energía, agua ultrapura, químicos especializados y materiales estratégicos. Además, en los ecosistemas digitales más dinámicos, el hardware se renueva con rapidez. Muchas veces no porque haya fallado físicamente, sino porque el mercado exige más capacidad, más velocidad o mayor eficiencia. El resultado es una tensión estructural: equipos que todavía conservan valor material y funcional pueden salir del sistema antes de tiempo, acelerando el consumo de recursos y la generación de residuos electrónicos. El manuscrito subraya este problema recurriendo a estudios sobre emisiones incorporadas, evaluación del ciclo de vida, recambio de servidores y desechos electrónicos (Teehan y Kandlikar, 2013; Malmodin et al., 2014; Bashroush et al., 2022; Forti et al., 2020).
Por eso, pensar la sostenibilidad digital solo en términos de electricidad es ver apenas una parte del paisaje. La otra parte, menos visible y quizá más incómoda, es que la economía digital también depende de una lógica industrial intensiva en materiales, reemplazos y descartes.
Un problema menos visible: la gobernanza incompleta
Lo interesante es que el problema no es únicamente ambiental. También es institucional.
Hoy contamos con más métricas, más reportes y más compromisos climáticos que hace una década. Las grandes empresas tecnológicas publican informes de sostenibilidad, fijan metas de reducción de emisiones y compran crecientes volúmenes de energía renovable. En paralelo, distintas jurisdicciones han endurecido reglas de eficiencia energética y transparencia corporativa. Sin embargo, el análisis del manuscrito revela una asimetría persistente: la sostenibilidad de la infraestructura digital está mucho más desarrollada en su dimensión operativa que en su dimensión circular.
Eso significa que sabemos medir mejor cuánta energía usa una instalación que cómo se gobierna el ciclo de vida de los equipos dentro de ella. Sabemos más sobre eficiencia, emisiones y agua que sobre reparación, reacondicionamiento, reutilización, remanufactura, trazabilidad de componentes o recuperación de materiales.
En el fondo, esta diferencia revela un vacío de gobernanza. La regulación, los sistemas de reporte y las prácticas corporativas han avanzado más rápido en lo que es relativamente medible dentro de una organización que en aquello que requiere coordinación entre muchas organizaciones. Y la circularidad del hardware digital exige precisamente eso: coordinación.
La economía circular no fracasa por falta de discurso, sino por falta de información
La idea de una economía circular aplicada a la infraestructura digital resulta, en principio, muy atractiva. En lugar de seguir una lógica lineal de extracción, fabricación, uso y desecho, el objetivo sería extender la vida útil de los equipos, reparar cuando sea posible, reacondicionar activos, reutilizar componentes, recuperar materiales y construir esquemas de valor más duraderos.
Pero entre la idea y la práctica aparece una barrera decisiva: la información.
Un ecosistema de infraestructura digital involucra fabricantes de semiconductores, ensambladores de hardware, operadores de centros de datos, hyperscalers, proveedores de nube, empresas de mantenimiento, reacondicionadores, recicladores y compradores secundarios. Cada uno conoce una parte de la historia del activo, pero rara vez existe una visión compartida del conjunto. Un actor puede conocer la composición del producto; otro, su historial de mantenimiento; otro, su desempeño operativo; otro, su capacidad de ser reutilizado; otro, su valor residual.
Cuando esa información está fragmentada, aumentan la incertidumbre y el costo de coordinar opciones circulares. ¿Se puede reparar? ¿Todavía es confiable? ¿Qué componentes fueron sustituidos? ¿Qué materiales contiene? ¿Puede revenderse con seguridad? ¿Qué eficiencia conserva? ¿Qué trazabilidad existe sobre su uso previo? Sin respuestas claras, los incentivos para reacondicionar, reutilizar o remanufacturar se debilitan. El manuscrito interpreta este fenómeno como un problema de asimetrías de información, apoyándose en una tradición clásica de la economía institucional y de costos de transacción (Akerlof, 1970; Williamson, 1989).
Visto así, la circularidad en la infraestructura digital no es solo una cuestión de reciclaje o de buena voluntad corporativa. Es, sobre todo, un problema de visibilidad, confianza y coordinación.
Los datos del ciclo de vida como infraestructura de gobernanza
Aquí aparece una idea especialmente poderosa: los datos del ciclo de vida no deben entenderse solo como información útil, sino como infraestructura de gobernanza.
El manuscrito propone mirar herramientas como los Digital Product Passports, los sistemas de trazabilidad y los registros interoperables de activos como mecanismos capaces de reducir asimetrías de información y habilitar formas más avanzadas de coordinación circular. En lugar de funcionar únicamente como instrumentos de reporte o cumplimiento, podrían operar como soportes para decisiones compartidas entre fabricantes, operadores, reacondicionadores, reguladores y mercados secundarios.
La literatura citada en el trabajo apunta en esa dirección. Los pasaportes digitales de producto y otras arquitecturas de trazabilidad pueden facilitar acceso a información sobre materiales, mantenimiento, reparaciones, composición, desempeño y fin de vida, fortaleciendo la toma de decisiones a lo largo de toda la cadena de valor (Adisorn et al., 2021; Jensen et al., 2023; King et al., 2023; Langley et al., 2023).
La implicación es profunda. Cuando existe información confiable y compartida, se vuelven más viables estrategias que hoy parecen marginales: extender la vida útil del hardware, crear mercados certificados de reacondicionamiento, recuperar componentes de alto valor, mejorar las decisiones de compra, diseñar modelos de “hardware como servicio” o construir esquemas de recuperación mejor coordinados.
En otras palabras, la transparencia del ciclo de vida puede dejar de ser un ejercicio pasivo de divulgación para convertirse en una palanca activa de transformación industrial.
Lo que ya están anticipando algunas empresas
La investigación también revisa un amplio conjunto de reportes corporativos de sostenibilidad en empresas clave del ecosistema digital. La conclusión no es que no exista avance, sino que ese avance es desigual. Casi todas las compañías reportan con más claridad sus métricas operativas que sus capacidades reales de circularidad. Algunas han desarrollado prácticas más maduras en temas como reparación, recuperación, contenido reciclado, evaluación de ciclo de vida o take-back. Pero incluso ahí, los mecanismos siguen siendo, en buena medida, internos o liderados por una empresa específica, no necesariamente sistemas interoperables compartidos por todo el ecosistema.
Esto importa porque muestra que la transición ya comenzó, pero todavía no se consolida como una nueva arquitectura de gobernanza. El lenguaje de la circularidad ya entró al discurso empresarial. Lo que aún falta es convertirlo en sistemas coordinados, trazables y escalables.
Por qué esta discusión importa a México
Para México, este debate debería resultar especialmente relevante. El país se encuentra en una posición cada vez más estratégica dentro de cadenas de manufactura, infraestructura, telecomunicaciones, servicios digitales y nearshoring tecnológico. Al mismo tiempo, la adopción de inteligencia artificial y la expansión de infraestructura digital seguirán acelerándose en sectores públicos y privados.
Eso abre una oportunidad, pero también una responsabilidad.
Si México quiere insertarse de forma competitiva en la economía digital del futuro, no puede limitarse a atraer infraestructura o consumir tecnología. Tendrá que desarrollar capacidades para gobernar mejor su materialidad: rastrear activos, extender su vida útil, fortalecer esquemas de reacondicionamiento, incorporar criterios de circularidad en compras tecnológicas, mejorar estándares de interoperabilidad y construir marcos de información que permitan decisiones más inteligentes a lo largo del ciclo de vida. El manuscrito sugiere precisamente que la siguiente etapa de la sostenibilidad digital dependerá de conectar eficiencia operativa con trazabilidad, diseño de producto y gobernanza de datos de ciclo de vida.
Para empresas mexicanas, esto podría traducirse en nuevas prácticas de abastecimiento, gestión de activos, mantenimiento y valorización de equipos. Para el sector público, en una agenda emergente de política industrial, regulación tecnológica, sostenibilidad y compras gubernamentales. Para ambos, en una nueva pregunta estratégica: no solo cómo digitalizar más, sino cómo hacerlo con mayor inteligencia material.
La siguiente frontera de la sostenibilidad digital
Durante años, la pregunta dominante ha sido cómo reducir la huella energética de la infraestructura digital. Esa pregunta seguirá siendo central. Pero la siguiente frontera ya está aquí: cómo gobernar de manera circular los activos físicos que sostienen la inteligencia artificial y la economía de datos.
Ese cambio de enfoque obliga a ampliar la conversación. La sostenibilidad digital no puede seguir entendiéndose únicamente como una cuestión de eficiencia energética o de emisiones operativas. También debe verse como un problema de diseño industrial, de duración de activos, de trazabilidad, de recuperación de valor, de asimetrías de información y de coordinación entre múltiples actores.
La nube, al final, también tiene cadena de suministro.
Y quizá la verdadera prueba de madurez de la inteligencia artificial no será solo qué tan poderosa o eficiente se vuelve, sino si logramos construir alrededor de ella una infraestructura más duradera, más transparente y más circular.
Licenciado en Economía por el TEC de Monterrey, graduado con honores y primer lugar de su clase. Máster en Negocios Internacionales en la Universidad de Gotemburgo, Suecia. Emprendedor digital y líder en el ámbito de la tecnología y la innovación. Cofundador de la agencia de desarrollo de software y marketing digital, McBravos, así como de la aplicación móvil iStrid. Fundador de la Agencia Pública de Innovación y Tecnología del Gobierno del Estado de Quintana Roo, México, el Instituto Quintanarroense de Innovación y Tecnología (IQIT). Investigador doctoral en Economía Circular Digital en la Universidad de Santiago de Compostela, España. Explorador de nuevas formas de integrar la sostenibilidad y la tecnología en modelos económicos innovadores.



