
Cuando la Corte Suprema de Panamá declaró inconstitucional la concesión de la Panama Ports Company (PPC) el pasado mes de enero de 2026, y el gobierno de José Raúl Mulino (JRM) ordenó la ocupación física de los puertos de Balboa y Cristóbal el 23 de febrero, muchos percibieron esto como un acto de afirmación soberana. Sin embargo, desde una perspectiva académica y crítica, este optimismo merece un examen más riguroso. ¿Fue realmente un ejercicio de soberanía o, por el contrario, un movimiento que ha revelado la vulnerabilidad estructural de una economía pequeña atrapada en el fuego cruzado de las grandes potencias? Este artículo propone un análisis multidimensional de la crisis, examinando sus raíces geopolíticas, sus consecuencias económicas concretas y, fundamentalmente, las lecciones que Panamá debe extraer para navegar un futuro donde la dependencia de actores externos parece, paradójicamente, haberse profundizado.
Para comprender la magnitud de lo ocurrido, es imprescindible situar el conflicto en su contexto geopolítico. La rivalidad entre Estados Unidos y China ha encontrado en Panamá un escenario particularmente sensible.
El control de las rutas comerciales globales es la nueva frontera de la Guerra Fría del siglo XXI, y el Canal de Panamá es, sin duda, una de las piezas más codiciadas del tablero, como lo señalan muchos autores, desde la teoría del hedging de Orlando Pérez hasta la advertencia histórica de Long y Schulz (académicos y analistas sobre la geopolítica del Canal de Panamá).
La administración Trump avivó las llamas al acusar, sin presentar pruebas, a China de “operar el Canal”. Esta narrativa, aunque carente de fundamento fáctico, tuvo el efecto político deseado: colocar a Panamá en el centro del debate electoral estadounidense y presionar a su gobierno para que tomara cartas en el asunto. La decisión de CK Hutchison de vender sus puertos a BlackRock por 23,000 millones de dólares no fue un acto de buena voluntad, sino una maniobra desesperada para salir del fuego cruzado. El bloqueo chino a esta operación evidenció que Pekín no estaba dispuesto a permitir una victoria simbólica de Washington sin ofrecer batalla.
En este escenario, ¿qué margen de maniobra tenía realmente Panamá? La respuesta, desde una perspectiva realista de las relaciones internacionales, es: muy poco.
La decisión panameña: ¿soberanía o sumisión selectiva?
El gobierno de JRM ha presentado la anulación de la concesión como un acto de afirmación de su soberanía. Sin embargo, un análisis crítico obliga a preguntarse: ¿por qué ahora? La concesión a CK Hutchison tenía casi tres décadas de vigencia y había sido renovada en 2021 sin mayor controversia. ¿Qué cambió? La respuesta incómoda es que cambió la presión estadounidense.
La decisión de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), fundamentada en argumentos legales internos, llegó en un momento demasiado conveniente para las aspiraciones de Washington como para ignorar el contexto. Cuando la justicia se alinea tan perfectamente con los intereses de una potencia extranjera, la soberanía deja de ser un principio para convertirse en una coartada.
Esta interpretación no implica necesariamente mala fe por parte de los actores panameños, pero sí revela una realidad estructural: en el sistema internacional, los países pequeños rara vez toman decisiones de gran calado sin considerar las preferencias de los poderes fácticos. La pregunta es si Panamá actuó movido por su propio interés nacional o simplemente sucumbió ante las presiones.
Las consecuencias económicas: el precio de la confrontación
El costo de esta decisión ya está siendo cuantificable y, desde una perspectiva económica, resulta alarmante. China ha desplegado un arsenal de represalias que afectan directamente el tejido productivo del país:
- El golpe a la agroexportación: Las inspecciones fitosanitarias endurecidas para productos como el banano, el café y la piña no son una medida técnica, sino una asfixia comercial programada. Para un sector que opera con márgenes ajustados y productos altamente perecederos, cualquier demora se traduce en pérdidas. Un cargamento de banano retenido una semana adicional en puerto no solo pierde valor, sino que puede perder completamente su mercado. Los compradores chinos, ante la incertidumbre, ya están explorando proveedores alternativos en Costa Rica, Ecuador y Colombia. El daño, una vez consumado, será difícil de revertir.
- La erosión del modelo logístico: La amenaza de desvío de buques chinos hacia rutas alternativas, aunque parcialmente mitigada por la geografía, tiene un efecto disuasorio sobre el conjunto del sistema. Si las grandes navieras perciben que los puertos panameños se han vuelto poco fiables debido a la inestabilidad política y las disputas legales, optarán por puertos competidores como Cartagena (Colombia) o Manzanillo (México). El riesgo no es tanto un colapso inmediato, sino una erosión gradual de la posición de Panamá como hub logístico hemisférico.
- La congelación de inversiones: La orden china de suspender nuevos proyectos de inversión en Panamá cierra la puerta a flujos de capital que, en la última década, habían contribuido significativamente al desarrollo de infraestructuras. Más preocupante aún es el “efecto señal” que esta decisión envía a otros inversores internacionales: Panamá se percibe ahora como un país de mayor riesgo geopolítico.
El dilema del Canal: entre la geografía y la geopolítica
El Canal de Panamá enfrenta un desafío existencial que va más allá de esta crisis puntual. Su ventaja comparativa histórica ha sido geográfica: es la ruta más corta entre el Pacífico y el Atlántico. Sin embargo, en el mundo globalizado, la geografía no lo es todo; la confianza, la previsibilidad y la neutralidad son activos igualmente valiosos.
Si Panamá es percibido como un país alineado con una de las potencias en conflicto, el Canal perderá su carácter de bien público global para convertirse en un instrumento geopolítico más. Las navieras chinas, que representan una porción sustancial del tráfico, podrían optar por rutas alternativas no por razones económicas, sino por decisiones estratégicas de Estado. El riesgo de una “desglobalización selectiva” del comercio marítimo es real y Panamá se encuentra en el epicentro de esta tormenta.
Las lecciones no aprendidas
Desde una visión académica, esta crisis debería obligar a Panamá a una reflexión profunda sobre su modelo de inserción internacional. Algunas lecciones emergen con claridad:
Primera: la dependencia no se elimina, se gestiona. Panamá no puede aspirar a una soberanía absoluta en un mundo interdependiente. Su ubicación geográfica y su modelo económico la condenan a depender del comercio global y de las grandes potencias que lo dominan. La cuestión no es eliminar esta dependencia (tarea imposible), sino diversificarla y gestionarla con inteligencia.
Segunda: la justicia no opera en el vacío. Las decisiones judiciales con implicaciones internacionales deben considerar no solo la legalidad interna, sino las consecuencias geopolíticas. Ignorar este hecho no es ejercicio de soberanía, sino ingenuidad estratégica.
Tercera: China no es un socio ingenuo. Durante años, Panamá (y gran parte de América Latina) actuó como si la inversión china careciera de condiciones políticas. La respuesta de Pekín a la crisis portuaria demuestra que su presencia económica siempre ha tenido un componente estratégico. Quienes creían que China “no se metería en asuntos internos” han recibido una lección costosa.
Cuarta: la alineación automática con EE. UU. tiene costos. Aunque Washington ha salido beneficiado de esta crisis, Panamá debe preguntarse si su papel como “socio preferente” en la región le reportará beneficios concretos o si, por el contrario, se convertirá en un peón utilizado mientras convenga y olvidado después.
Propuestas para una estrategia de supervivencia
Ante este escenario, ¿qué puede hacer Panamá? Algunas líneas de acción se perfilan como necesarias:
- Diversificación comercial urgente.
- Fortalecimiento de la diplomacia económica.
- Inversión en competitividad logística.
- Reforma del sistema de concesiones.
- Construcción de una narrativa nacional.
La crisis de las concesiones portuarias ha revelado la fragilidad de la posición panameña en el sistema internacional. Atrapado entre dos gigantes que libran una guerra comercial y geopolítica sin cuartel, el país ha optado por una solución que, aunque legalmente defendible, lo expone a represalias cuyas consecuencias apenas comenzamos a vislumbrar.
El verdadero desafío para Panamá no es jurídico ni administrativo, sino estratégico: ¿cómo construir un proyecto de nación que, reconociendo su dependencia estructural, sea capaz de navegar las turbulentas aguas de la rivalidad entre potencias sin naufragar en el intento?
La respuesta a esta pregunta definirá no solo el futuro de sus puertos, sino el de su economía, su soberanía y, en última instancia, su viabilidad como nación independiente en un mundo que tiende a devorar a los pequeños. La tormenta perfecta ya está aquí; ahora falta ver si Panamá tiene el timón y la tripulación necesarios para sortearla.
Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Panamá. Cuenta con estudios de Maestría en Asuntos del Canal de Panamá y la Industria Marítima Internacional, realizados en el Instituto del Canal de Panamá de la misma universidad.
Ha cursado formación especializada en Políticas Públicas para el mejoramiento de la administración pública, la transparencia y el fortalecimiento institucional del Estado, impartida por la Georgetown University, a través de su Center for Intercultural Education and Development. Asimismo, participó en el Workshop on International Trade Promotion, un seminario-taller sobre promoción del comercio internacional realizado en Taipéi, Taiwán, patrocinado por el International Cooperation and Development Fund.
Realizó estudios sobre el proceso de toma de decisiones en la formulación de la política exterior de los Estados Unidos en la Universidad de Michigan, campus Detroit. Cuenta también con estudios de posgrado en Docencia Superior por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Panamá.
Se desempeñó como Coordinador de Investigación del Instituto del Canal y Relaciones Internacionales. Actualmente es profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá, donde acumula cerca de 30 años de trayectoria académica.



