Poder y conflicto donde el océano se estrecha

Eje Global

Las tensiones provocadas por el conflicto entre Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán parecieran continuar escalando con el cierre del estrecho de Ormuz, que amenaza con provocar una crisis energética global al bloquear el tránsito de cerca del 20-25 % del petróleo y del gas licuado mundial. La tensión entre Estados Unidos e Irán alrededor del estrecho de Ormuz demuestra que, en un mundo interdependiente, controlar un corredor marítimo crítico puede tener más impacto global que ganar una batalla convencional.

El poder no siempre se expresa mediante invasiones masivas o grandes enfrentamientos militares. En ocasiones se manifiesta en algo más sutil: la capacidad de alterar el funcionamiento normal del sistema económico internacional. La confrontación actual entre Estados Unidos e Irán ilustra precisamente esa lógica. Más que una guerra abierta entre potencias, lo que observamos en esta región del mundo es una competencia estratégica en la que el tiempo, la geografía y la incertidumbre económica empiezan a convertirse en instrumentos de poder.

El estrecho de Ormuz, ubicado en el Golfo Pérsico, es uno de los principales puntos de estrangulamiento marítimo del planeta. Su importancia geopolítica no radica únicamente en su ubicación, sino también en su vulnerabilidad: cualquier interrupción, incluso breve, tiene repercusiones inmediatas en los mercados energéticos y en la estabilidad del comercio internacional. En una economía global profundamente interconectada, la percepción de riesgo puede resultar tan poderosa como el daño material.

La relación de fuerzas entre Estados Unidos e Irán en este momento no puede evaluarse únicamente en términos militares convencionales. Washington posee una superioridad naval y tecnológica incuestionable. Esa ventaja no necesariamente garantiza el control absoluto de un espacio marítimo estrecho y cercano a la costa iraní. La geografía introduce un elemento de equilibrio: la posibilidad de que un actor regional transforme ese corredor marítimo en una zona permanente de incertidumbre para el tránsito comercial.

Esta lógica recuerda la estrategia de guerra prolongada desarrollada por Mao Zedong. Según este enfoque, un adversario más débil puede compensar su inferioridad militar si logra transformar el conflicto en una competencia de resistencia. En lugar de buscar una victoria decisiva en el campo de batalla, el objetivo consiste en prolongar la tensión hasta generar desgaste político, económico y psicológico en el adversario. El tiempo, en este caso, se convierte en un arma estratégica.

La historia reciente de la política exterior estadounidense demuestra cómo el factor temporal puede alterar el resultado de conflictos aparentemente asimétricos. Durante la guerra de Vietnam, una superioridad militar abrumadora no fue suficiente para evitar que el conflicto terminara convirtiéndose en una crisis política interna. Algo similar ocurrió décadas después en la guerra de Afganistán, donde el desgaste acumulado durante años terminó condicionando la decisión de retirada. En ambos casos, la dimensión política del tiempo terminó siendo tan decisiva como la dimensión militar.

En el Golfo Pérsico, la dinámica estratégica puede responder a un patrón parecido. Irán no necesita derrotar a la armada estadounidense ni cerrar permanentemente el estrecho. Le basta con mantener un nivel constante de incertidumbre que obligue a los mercados, a las navieras y a las compañías de seguros a reaccionar con cautela. Un incidente aislado, una amenaza creíble o una interrupción sostenida por algún tiempo pueden provocar aumentos en los precios del petróleo y alterar las expectativas del mercado. El precio del crudo está oscilando entre 103 y 110 dólares el barril, según los precios del petróleo Brent en tiempo real. Esta dinámica permite mantener una presión constante sin desencadenar necesariamente una guerra abierta. La lógica es simple: elevar gradualmente los costos de la confrontación para el adversario sin cruzar el umbral de una escalada total.

Lugares como el estrecho de Ormuz, el estrecho de Bab el-Mandeb, el canal de Suez o el canal de Panamá concentran una proporción considerable del comercio mundial en corredores relativamente estrechos. La vulnerabilidad de estos nodos convierte cualquier crisis regional en un problema de seguridad económica global.

El objetivo estratégico de Estados Unidos no es derrotar a Irán en una guerra total, sino garantizar que el flujo energético mundial continúe funcionando con relativa normalidad. Esto implica proteger las rutas marítimas, tranquilizar a los mercados y evitar una escalada que podría desestabilizar toda la región del Golfo. La tarea consiste en gestionar la crisis más que en ganarla de forma definitiva.

Para una potencia global con responsabilidades económicas y compromisos internacionales, las crisis prolongadas suelen resultar políticamente costosas. El aumento sostenido de los precios de la energía, la presión de los mercados financieros y el debate interno sobre los objetivos estratégicos pueden terminar erosionando el consenso político necesario para sostener una política exterior firme.

Por el contrario, un actor regional con mayor tolerancia al riesgo puede encontrar ventajas en la prolongación de la incertidumbre. No necesita dominar los océanos ni imponerse en una guerra naval convencional. Le basta con demostrar que posee la capacidad de alterar el funcionamiento normal del sistema energético internacional y de generar dudas sobre la estabilidad de las rutas marítimas.

La lección estratégica que está dejando esta crisis es que, en el siglo XXI, el poder no se ejerce únicamente mediante la ocupación territorial o la superioridad militar clásica. En un mundo globalizado, la capacidad de influir sobre los nodos críticos del comercio internacional puede resultar igualmente decisiva. Los puntos de estrangulamiento marítimo y los “cuellos de botella” energéticos globales se han convertido en espacios donde la geografía, la economía y la estrategia confluyen de forma determinante.

Para América Latina, esta realidad no es un asunto distante. Infraestructuras estratégicas como el canal de Panamá forman parte de la misma red de corredores marítimos que sostiene el comercio mundial. Cuando un punto crítico del sistema se tensiona, el impacto se propaga rápidamente a otros nodos logísticos, afectando cadenas de suministro, precios del transporte y estabilidad económica global. Por el canal de Panamá transita el 6 % del comercio mundial.

Como ya intuía Halford Mackinder, el poder global nunca ha sido una cuestión de extensión, sino de control de los puntos clave del espacio. Décadas después, analistas contemporáneos como Robert D. Kaplan retoman esa lógica para subrayar la centralidad de los “cuellos de botella” marítimos en un mundo interdependiente. Incluso desde la tradición del poder naval de Alfred Thayer Mahan se desprende que no basta con dominar los mares abiertos si no se aseguran sus accesos estratégicos.

Y esa es quizá la lección más importante para las grandes potencias: en un mundo interdependiente, a veces el poder no reside en dominar los océanos, sino en controlar los lugares donde el océano se estrecha.

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Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad de Panamá. Cuenta con estudios de Maestría en Asuntos del Canal de Panamá y la Industria Marítima Internacional, realizados en el Instituto del Canal de Panamá de la misma universidad.

Ha cursado formación especializada en Políticas Públicas para el mejoramiento de la administración pública, la transparencia y el fortalecimiento institucional del Estado, impartida por la Georgetown University, a través de su Center for Intercultural Education and Development. Asimismo, participó en el Workshop on International Trade Promotion, un seminario-taller sobre promoción del comercio internacional realizado en Taipéi, Taiwán, patrocinado por el International Cooperation and Development Fund.

Realizó estudios sobre el proceso de toma de decisiones en la formulación de la política exterior de los Estados Unidos en la Universidad de Michigan, campus Detroit. Cuenta también con estudios de posgrado en Docencia Superior por la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Panamá.

Se desempeñó como Coordinador de Investigación del Instituto del Canal y Relaciones Internacionales. Actualmente es profesor de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá, donde acumula cerca de 30 años de trayectoria académica.

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