
En Venezuela, la última semana de agosto de 2025 volvió a exhibir el carácter frágil y explosivo del régimen de Nicolás Maduro. Entre rumores de renuncia, negociaciones discretas para un posible exilio y el despliegue de buques estadounidenses en el Caribe, el futuro político de Caracas se mueve entre tres opciones: resistir, negociar o huir. Pero ninguna de ellas garantiza estabilidad.
La presión internacional, encabezada por Estados Unidos, alcanzó un nivel sin precedentes desde la invasión de Panamá en 1989. El gobierno de Donald Trump duplicó a 50 millones de dólares la recompensa por Maduro, confiscó activos por más de 700 millones de dólares y movilizó tres destructores junto con 4,000 efectivos, incluidos 2,200 marines, a aguas cercanas a Venezuela. Aunque la Casa Blanca insiste en que se trata de una operación antidrogas, el discurso de figuras como la secretaria de prensa Karoline Leavitt, que llamó a Maduro “jefe de un cartel narcoterrorista”, muestra que el objetivo es mucho más que interdicción de narcóticos: se trata de socavar la legitimidad del chavismo.
El propio Maduro respondió con su libreto conocido: anunciar la movilización de 4.5 millones de milicianos para defender la “soberanía nacional”. Más allá de la veracidad de esa cifra, la estrategia busca proyectar fortaleza y reactivar la narrativa de resistencia frente al “imperio”, apelando al legado de Hugo Chávez. Internamente, también sirve para disciplinar al chavismo, cerrando filas y castigando la duda como “debilidad”.
Las especulaciones sobre una salida pactada tampoco son nuevas, pero se han intensificado. El Wall Street Journalinformó que Washington habría ofrecido amnistía a cambio de la renuncia de Maduro, aunque sin confirmación oficial. En paralelo, rumores sobre un eventual refugio en Nicaragua circulan sin pruebas sólidas. Estas narrativas reflejan más el nerviosismo que certezas: Maduro sabe que ceder podría darle garantías personales, pero al costo de ser traicionado por su propio círculo. Resistir, en cambio, implica sostener la lealtad militar y el apoyo de Rusia, China o Irán, aunque ninguno de estos actores parece dispuesto a arriesgarse en un conflicto abierto.
La represión interna es otra de sus cartas. Tras las elecciones cuestionadas de 2024, el régimen ya mostró su disposición a usar la fuerza con protestas sofocadas a sangre y fuego. Hoy, más que un recurso, la violencia funciona como advertencia. La oposición, encabezada por María Corina Machado desde el exilio, trata de capitalizar la presión externa, pero su capacidad de movilización real sigue limitada frente a un aparato estatal aún cohesionado.
En este tablero, la estrategia de Washington también tiene su propia ambigüedad. El despliegue naval recuerda la invasión de Panamá y proyecta una amenaza latente, pero carece de respaldo regional. Países como México y Colombia han mostrado escepticismo frente a cualquier acción militar directa, temerosos de que un conflicto agudice la crisis migratoria que ya ha expulsado a casi ocho millones de venezolanos. Trump puede tensar la cuerda, pero sin aliados locales una intervención sería altamente costosa.
La verdad incómoda es que, en última instancia, Maduro sigue teniendo control. Su dilema no es nuevo, pero se ha vuelto más visible: ceder a la presión y negociar reformas que lo debiliten; intensificar la represión con el riesgo de aislarse aún más; o huir, una opción poco probable para quien construyó toda su narrativa en torno a la resistencia. Por ahora, su apuesta parece clara: resistir mientras calcula si la fatiga internacional juega a su favor.
En este pulso no solo está en juego el destino de Venezuela, sino también la credibilidad de la política exterior de Washington y la capacidad de América Latina para articular una salida regional. El desenlace permanece incierto, pero una cosa es evidente: Maduro no gobierna en normalidad, sino en una fuga hacia adelante, y cada movimiento puede marcar el futuro de la región.