La ganadería frente a su mayor transformación genética

Eje Global

El metano es un enemigo invisible pero devastador. Con un potencial de calentamiento global 25 veces mayor que el CO₂, este gas es responsable de una parte significativa del cambio climático. La ganadería, según la FAO, genera alrededor del 14.5% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, principalmente a través de la digestión de los rumiantes.

En agosto de 2025, un equipo de científicos anunció un avance con potencial revolucionario: el uso de CRISPR, una herramienta de edición genética capaz de modificar con precisión fragmentos de ADN, para intervenir en el microbioma intestinal del ganado. El objetivo: reducir las bacterias que producen metano durante la digestión. Los primeros ensayos, reseñados en MIT Technology Review, reportaron reducciones de hasta un 30% en las emisiones de metano sin comprometer la salud ni la productividad de los animales.

A diferencia de medidas temporales como aditivos alimenticios, este enfoque introduce un cambio estable y escalable. Por primera vez, la biotecnología ofrece una salida permanente a uno de los problemas más difíciles de la agricultura sostenible.

El impacto ambiental inmediato es evidente: menos metano significa un alivio rápido frente al calentamiento global. Si esta innovación se implementa a gran escala en países como Brasil, India, Estados Unidos o Australia, podría contribuir decisivamente a cumplir con las metas climáticas del Acuerdo de París.

Pero la promesa tecnológica viene acompañada de tensiones económicas y éticas. Los costos de aplicar CRISPR a gran escala podrían favorecer a grandes corporaciones y marginar a pequeños productores, especialmente en países en desarrollo. Además, el consumidor no siempre acepta sin reservas los organismos genéticamente modificados, incluso si se trata solo del microbioma animal. En regiones como la Unión Europea, donde las regulaciones son estrictas, la resistencia social podría frenar su adopción.

El panorama geopolítico también se entrelaza con la innovación. Estados Unidos y China, potencias biotecnológicas, tienen la capacidad de capitalizar esta tecnología, no solo como ventaja económica sino como herramienta diplomática para liderar la transición hacia una economía verde. Mientras tanto, países con menos recursos corren el riesgo de quedar rezagados, a menos que organismos internacionales impulsen programas de transferencia tecnológica y cooperación.

La pregunta de fondo no es únicamente si esta tecnología funciona —los datos indican que sí—, sino cómo gobernarla. ¿Quién controlará las patentes? ¿Cómo se garantizará un acceso justo? ¿Qué mecanismos generarán confianza en el consumidor? Estas interrogantes definirán si CRISPR se convierte en una palanca de sostenibilidad global o en un factor de desigualdad.

El uso de CRISPR en la ganadería no es un punto final, sino un anticipo del rumbo que tomará la agricultura en el siglo XXI. Cultivos resistentes al cambio climático, animales con menor huella ambiental y sistemas de producción basados en biotecnología podrían reconfigurar por completo el sistema alimentario global.

Este avance marca un punto de inflexión. El planeta necesita soluciones urgentes frente a la crisis climática, pero también prudencia para que la innovación no agrave desigualdades ni debilite la confianza pública. La verdadera revolución no está en la ciencia por sí sola, sino en nuestra capacidad colectiva de gobernar sus efectos.

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