
Durante décadas, los gobernantes y políticos mexicanos tuvieron una obsesión casi ritual: hacerse notar ante el llamado círculo rojo. Ese grupo selecto, pero difuso, compuesto por columnistas, periodistas, líderes de opinión, académicos e investigadores que, desde sus trincheras mediáticas e intelectuales, construían o destruían reputaciones, legitimaban decisiones o sembraban dudas sobre quien detentaba el poder.
La lógica era sencilla: si el círculo rojo habla bien de ti, el resto seguirá. Si te ignora o te cuestiona, tendrás un problema. Por eso los políticos cultivaban esas relaciones con esmero: desayunos privados, filtraciones estratégicas, entrevistas concedidas como favor, columnas inspiradas desde los pinos o desde los palacios de gobierno estatales. El círculo rojo era, en pocas palabras, el termómetro de la legitimidad política. Pero algo cambió. Y cambió de manera profunda, acelerada e irreversible.
Hoy, ese círculo rojo sigue existiendo, pero ha perdido buena parte de su poder de convocatoria. No porque sus integrantes sean menos capaces o menos rigurosos —muchos lo son más que nunca—, sino porque el espacio donde se libra la batalla por la opinión pública se ha trasladado a otro terreno: las redes sociales.
Los políticos lo saben. Y lo han asimilado con una velocidad que, irónicamente, muchos analistas del propio círculo rojo tardaron en reconocer. Hoy, un gobernador no busca primero la portada de un periódico regional; busca que su mensaje se viralice en TikTok, Instagram o Facebook, y pagan verdaderas fortunas en publicidad para lograrlo, entiéndase, muchos likes no son orgánicos, sino producto de campañas publicitarias o boots. Porque un candidato no mide su éxito por el número de columnas favorables en la prensa escrita; lo mide en seguidores, en reproducciones, en trending topics.
El target político ha migrado. Del círculo rojo a las redes. De los medios tradicionales —televisión abierta, radio, prensa impresa— a los podcasts, los reels, los streams en vivo y los tiktokers con millones de seguidores.
Y aquí aparece una figura que hace diez años nadie hubiera imaginado sentada a la mesa con un secretario de Estado: el influencer. No es un fenómeno menor. En México, creadores de contenido como Luisito Comunica, YosStop en su momento, o figuras políticas que se han reinventado en formato digital como Chumel Torres, han logrado algo que muchos columnistas con décadas de trayectoria no consiguen: hablarle de tú a tú a millones de personas simultáneamente, sin mediación editorial, sin filtro institucional.
Los políticos lo han entendido perfectamente. Invitar a un influencer con 5 millones de seguidores a una conferencia, a una gira o a una entrevista informal puede tener más impacto inmediato que una nota en el periódico de mayor circulación del estado.
Lo sé de primera mano, desde el salón de clases. Cuando le pregunto a mis alumnos —representantes de esa generación que ya nació con un smartphone en la mano— cómo se enteran de lo que pasa en su ciudad y en su país, la respuesta es unánime y contundente: las redes sociales.
No el noticiero de las diez. No el periódico del domingo. No la columna de opinión del lunes. Las redes. TikTok, Instagram, X, YouTube. El formato breve, el video corto, el audio del momento. La noticia que llega antes de que nadie la haya verificado. Y aquí es donde el fenómeno se vuelve inquietante.
Las generaciones jóvenes, paradójicamente, tienen mayor capacidad para detectar una fake news, para cuestionar si un video fue generado con inteligencia artificial, para rastrear el origen de una publicación. Han crecido en ese ecosistema y, en cierta medida, desarrollaron anticuerpos. Quienes más preocupan son las generaciones adultas. No todos, pero sí una mayoría significativa para quienes el contenido digital no tiene el mismo escrutinio que antes aplicaban —quizás inconscientemente— a la información que recibían por canales tradicionales. Si lo decía el periódico, algo de verdad tendría. Si lo dice un video en WhatsApp… también.
La rumorología, las notas falsas, los audios fabricados y los titulares manipulados encuentran terreno fértil precisamente ahí. Y sus consecuencias son reales: distorsionan percepciones, construyen narrativas que se alejan de la realidad y, en última instancia, afectan la forma en que los ciudadanos evalúan a sus gobernantes y toman decisiones políticas.
Un ejemplo cercano: la percepción de seguridad en el estado de Jalisco. Dependiendo del ecosistema informativo en el que uno se mueva, puede concluirse que la entidad es un modelo de tranquilidad o un territorio en disputa permanente. Ambas narrativas circulan simultáneamente. Ambas tienen audiencias. Y no ambas corresponden a la realidad.
El círculo rojo, en su versión tradicional, sigue siendo relevante. El análisis riguroso, la investigación periodística, la columna bien argumentada siguen siendo necesarios —más que nunca— como contrapeso a la avalancha de información sin verificar.Pero quienes formamos parte de ese ecosistema tenemos que asumir una realidad incómoda: si no estamos presentes también en los espacios donde la gente realmente se informa hoy, nuestra influencia se reduce a un grupo cada vez más pequeño, mientras el resto del país construye su visión del mundo con materiales de dudosa procedencia. La pregunta ya no es si el círculo rojo es relevante. La pregunta es si está dispuesto a adaptarse.
Doctor en Estado de Derecho y Gobernanza Global; Maestro en Política y Gestión Pública; Analista y Profesor Investigador de la Universidad de Guadalajara, México.



